martes, 21 de marzo de 2017

Cinco

Foto: Maxim Lachmann
La otra noche soñé que tenía dos manos.

Puede parecer extraño que alguien sueñe con algo así pero desde que tengo uso de razón, yo siempre he vivido con una. Perdí la izquierda en un accidente que no recuerdo. Cuando me veo en fotos antiguas incluso me parece algo ajeno, como si contemplase a otra persona.

Pero esa noche... soñé que tenía dos manos. Fue tan... real.

No sé dónde estaba, ni qué estaba haciendo, simplemente miré y ahí estaban las dos. Las puse ante mí y las contemplé, tan parecidas, tan distintas, tan imposibles. Recuerdo que entrelacé los dedos, que se abrazaron como diez hermanos tras una vida en el exilio. Las estiré y las cerré, las dos a la vez; luego, primero una y después la otra, como si jugasen a imitarse. Me acaricié la cara, los párpados, los labios, la nariz; fue como volver a descubrirme.

Y reí.

Y lloré.

Y las lágrimas mojaron mis palmas abiertas y se deslizaron por los antebrazos.

Sabía que era un sueño y aún así fue tan maravilloso, tan tangible que cuando abrí los ojos y me llevé las manos a la cara, casi creí que iba a encontrar las dos allí.

Pero no fue así.

Sólo acudió la derecha.

Y mi muñeca incompleta.

Sé que es inútil llorar por lo que nunca se ha tenido, por lo que ni siquiera se recuerda haber perdido pero no pude reprimir una lágrima que limpié, esta vez, tan sólo con mi muñón.

Cuando me levanté y me sacudí los restos de ese sueño sentí que algo se quedaba entre las sábanas, algo que nunca volvería a mí.

Tener sólo una mano no me ha impedido disfrutar de dos hijos increíbles, ni llevar una vida normal, ni siquiera conseguir un trabajo aceptablemente satisfactorio.

Soy feliz cuando estoy con ellos, cuando la pequeña me coge el muñón y se lo aprieta contra la cara regordeta, como si sintiese la carne que me falta. Cuando el mayor me pregunta muy serio si me duele alguna vez, o cuando se apresura a ayudarme a hacer las tareas que siempre he hecho antes incluso de que él naciera.

Nunca había tenido la sensación de necesitar dos manos.

Pensaba que a estas alturas ya no me hacían falta.

Pero la otra noche soñé que tenía dos manos.

Y fue tan real que, por primera vez en mi vida, me siento incompleta. Insignificante. Rota.

Seguramente, dentro de unos días, lograré sacudirme este sabor amargo porque la vida siempre me ha empujado hacia delante, pero no puedo evitar desear, cada vez que me acuesto, volver a sentir las yemas sobre mis labios, sobre mis párpados húmedos, sobre mi rostro.

Y entrelazar los dedos.

lunes, 13 de marzo de 2017

Hacia atrás

Foto: elminium
La habitación es más pequeña de lo que recordaba: un mural de cama, altillos y un armario; un minúsculo escritorio bajo la ventana y una silla plegable.
 

Su madre trae las sábanas y un par de mantas. Él empieza a vestir una esquina del colchón a tirones hasta que la mujer le disuade con suavidad.
 

- Déjame, déjame -murmura. Y arma la cama como si llevase veinte años ensayando ese día.
 

- ¿Querrás cenar algo, no? -le pregunta mientras trajina las mantas.
 

- Bueno... -empieza él.
 

- Te preparo algo en un momento -le interrumpe ella-. Yo te aviso.
 

La puerta se cierra en silencio.
 

Él se deja caer sobre la cama, desparramando las manos sobre las rodillas.
 

Echa un vistazo a la mochila grande que se ha traído. No recuerda del todo qué ha metido en ella. Suspira y hunde la cabeza entre las manos.
 

Tras un segundo, entierra la mano en el bolsillo y saca el teléfono, busca en la pantalla y se lo lleva a la cara.
 

- Hola, soy yo... yo... oye, yo... Vale, oye, vale... Sólo quería... Sólo quería hablar con el niño... antes de que... ¿qué? ¿Cómo que está durmiendo? Oye... no... Oye... Si sólo son... sólo son las... las ocho y media. Nunca se acuesta tan pronto... Venga, va... Oye, sólo quiero... no, joder, Marta escucha no cuelgues joder no me hagas esto Marta yo...
 

Contempla la pantalla apagada.
 

- ¡Joder! -masculla.
 

Las lágrimas se le hacen costra entre los párpados.
 

Arroja el móvil sobre la cama y saca un paquete de tabaco. Sorbe ruidosamente. Saca un cigarrillo y se lo lleva a la boca. Cuando tiene el mechero a medio camino, su vista se encuentra con la pared que tiene delante: la silla plegable, dos posters descoloridos de bordes quebrados.
 

Con un suspiro, vuelve a meter mechero y cigarrillo en el paquete y los deja junto al teléfono.
 

Se frota los ojos con las palmas, aplastándolos contra las cuencas y expulsa con esfuerzo un suspiro pesado y rasposo.
 

La puerta se abre con discreción, apenas un palmo. Una voz se abre camino, poco más que un murmullo.
 

- Ya está la cena.
 

- Ahora voy -responde él con poca convicción.
 

La puerta se abre del todo, lentamente.
 

- Hijo...
 

Él levanta la vista y contempla el rostro preocupado.
 

- Hijo... ya verás como todo se arregla. Estas cosas pasan. Las parejas discuten. Es normal. Pero, luego...
 

- Ahora voy, ¿vale? -le interrumpe suavemente-. Dame... dame un segundo.
 

- Claro.
 

Comienza a retroceder tímidamente, como un muñeco de resorte que vuelve a las tinieblas de su caja.
 

- Mamá. -Ella se detiene-. Gracias.
 

La puerta se cierra sin ruido.
 

Él coge el móvil y duda.

Rebusca entre las fotos de la galería y se detiene en una hasta que la vista se le nubla.
 

Se endereza y lo suelta sobre la cama como si quemase. El aire se le escapa entre los dientes.

Lentamente, se obliga a levantarse y a abrir la puerta.
 

La cena está lista.

domingo, 5 de marzo de 2017

En un reino muy, muy cercano...

Foto: Loredana Bejerita

- Habrá que espabilar. No podemos pasar la noche en el bosque –dijo Hansel, dirigiéndose a la casa que llevaban un rato observando.

Gretel le siguió a regañadientes.


En el interior, siete hombrecillos discutían acaloradamente con un enorme lobo, una niña con una capa roja lloraba en un rincón y tres cerdos con gorro de paja le explicaban a una anciana en camisón algo de un desahucio.


Una mujer, alta, delgada y vestida de negro, se dirigió a los atónitos niños y espetó:
 

- Y ahora me vendréis con el cuento de que a vosotros también os han echado de casa, ¿no?

domingo, 26 de febrero de 2017

La asombrosa habilidad de Steven Seagal para retorcer miembros

Foto: Frank Lindecke
Tactactactactactactac
 
El cuchillo tabletea sobre la madera como un bailarín de claqué falto de ideas.

Hace cosa de un año, él se apuntó a un par de cursos de cocina y ahora prepara la cena casi cada noche.
A ti ya te viene bien, a esas horas estás en reserva y él lo disfruta. Se pasa la mitad del día pensando en la cena. Tú lo haces pensando en el resto.

Las niñas se hacen grandes y ya empiezan a no querer mucho del tiempo que antes les dedicabas. Ana está en el lavabo; últimamente, pasa media vida ahí metida. Tu madre dice que le recuerda a ti. Eli está poniendo la mesa, esta semana le toca a ella. Es un buen sistema, todo el mundo sabe lo que tiene que hacer y hay menos conflictos. Fue idea del cocinero. A veces, tiene estos puntos.

Tactactactactactactac
 
La cháchara se entremezcla con el repiqueteo del cuchillo. Hoy toca disertar sobre el cine de acción: él sostiene que el de los ochenta era mejor. Nada de efectos digitales, más orgánico, más visceral, más crudo, más lleno de sudor, testosterona y carisma. Tú no compartes su opinión: el de los ochenta es igual de malo y aburrido que el actual, pero no dices nada. Hoy no tienes ganas de hablar, te conformas con dejarte mecer por el aroma del sofrito y la palabrería de Fede mientras preparas la ensalada, única aportación que te permite el aspirante a Adrià.

¿Me pasas un cuchillo para los tomates?, le pides, y te alarga uno grande, de los que cortan, alegando que los demás están sucios. A medida que ha ido profundizando en su nueva faceta culinaria, la cocina se ha ido llenando de cacharros y cachivaches. No deja de sorprenderte que parece usarlos todos.

Coges el cuchillo y le pasas un paño y piensas cómo sería hundírselo entre los omoplatos. No es que quieras hacerlo realmente, bueno, en realidad ese punto no está del todo claro. Es una idea que últimamente te visita a menudo, como una vecina inoportuna a la que empiezas a acostumbrarte, a tenerle simpatía; incluso te sorprendes teniendo conversaciones agradables con ella y hasta puntos en común. Y lo sorprendente es que tú quieres a Fede sin ninguna duda: te gustan sus teorías intranscendentales mientras prepara cenas deliciosamente equilibradas, sus ideas acertadas y su inconsciencia masculina, pero no puedes dejar de preguntarte si se derrumbaría como un muñeco roto, o chillaría y se revolvería para defenderse; si moriría con una mirada de estupor y incredulidad en sus ojos aterrados; si saldría mucha sangre, si salpicaría como en las películas que con tanta pasión le gusta defender y lo cubriría todo. ¿Y qué dirían las niñas? Seguramente, nada bueno. Seguramente, no les gustaría porque aunque cada vez lo demuestran menos, las dos lo adoran y lo último que esperarían de ti sería que acabases con él con un cuchillo excesivamente grande para partir tomates.

Dejas el trapo y comienzas a partir los tomates con cuidado de no cortarte.

La vecina se ha ido.

Tan rápido como llegó.

Fede está hablando de las habilidades especiales de Steven Seagal para retorcer miembros sin separar los párpados más que un par de milímetros, algo que ningún actor de acción de hoy en día es capaz de emular con tanta convicción. Tú te aventuras a preguntarle si ése es el de la serie de policías vaqueros americanos que dan patadas voladoras de kung-fu.

Él se detiene por un segundo y te mira con esa expresión de ¿y tú de dónde sales ahora? Tú no la adviertes porque estas concentrada en convertir los tomates en dados pequeños con un cuchillo de carnicero.

Después él empieza a reír con una risa franca, libre de burlas ni malicia, una risa contagiosa que se extiende pronto por la cocina, como el aroma del sofrito, como el taconeo del Fred Astaire en prácticas.

sábado, 11 de febrero de 2017

Mensual


Foto: Wayne Stadler
Te gustaría que la Reina Carmesí no hubiese venido a visitarte, pero ahí está, con su sonrisa ensangrentada de dientes manchados y su falsa benevolencia, para denegar tus deseos y anunciarte, una vez más, que no estarás en la ruta de la Cigüeña.

martes, 7 de febrero de 2017

Por temor

Foto: Leticia Bertin
Marino siempre ha tenido miedo.

Por temor siguió con el negocio familiar y por temor se metió en un matrimonio baldío.


Cuando estalló la guerra trató de agachar la cabeza y pasar desapercibido pero las ideas fuertes no entienden de ambigüedades, así que pronto se encontró con un fusil en las manos.


Ahora el estruendo ha pasado y un pitido culpable ahoga sus oídos. Jadeando, se obliga a separar los párpados, clausurados mientras el capitán ladraba las órdenes y él obligaba a su dedo a empujar el gatillo.


Una fugaz visión, entre brumas grises, le revela un mosaico de cuerpos exangües: un rostro pequeño abierto hacia el cielo, un pie descalzo sucio de barro, un vestido blanco salpicado de ocre. El muro detrás, descarnado, roto.


Temblando, acepta sumiso el cigarro que le ofrecen y aguanta en silencio las carcajadas de los que ahora deben de ser sus compañeros.

miércoles, 1 de febrero de 2017

Reseña del libro "Acerca de mí y otras farsas" de Daniel Hermosel

Título: Acerca de mí y otras farsas
Autor: Daniel Hermosel Murcia
Año: 2010
Edición digital: Bubok (descárgala GRATIS AQUÍ) o Lektu (
descárgala GRATIS AQUÍ)
Portada: Daniel Hermosel Murcia

Con esta última entrega (aunque esperemos que no sea la definitiva), Daniel cierra su particular trilogía "relatil" regalándonos un total de cincuenta y dos historias extraídas de su blog "¿Y ahora qué, eh...?", de participaciones en el concurso quincenal de relatos de usuarios del foro de Bubok (que en aquella época era un hervidero de buena literatura y grandes autores noveles) y alguno inédito hasta la fecha. Esto, unido al hecho de que la media de longitud de los relatos es mayor, nos da un libro bastante más extenso que los anteriores, lo que se convierte en, efectivamente, más disfrute para nosotros.


Si en el anterior, Daniel opinaba sobre la mejora en el nivel medio de todas las historias que aparecían, en éste no se puede menos que afirmar que, de manera general, todos los relatos suben el listón en cuanto a calidad y esmero, todos llevan más allá cualquier aspecto que pudiese aparecer antes. Si en los dos anteriores, teníamos un escritorzuelo con brillos en esta tenemos todo un señor escritor asentado en un estilo propio y personal que se sale de los formatos breves (aunque sigue habiéndolos) y empieza a tejer cestos más grandes y sólidos, sin dejar, eso sí, el formato micro que tan bien maneja.


"Cuando le pedí que me escribiera 
la carta me dijo: Pablo, ya eres 
un niño mayor, ya puedes escribirla 
tú solo. Y yo le dije: Tita Sandra 
pero no sé qué ponerle a los Reyes. 
Y me dijo: pues escribe como 
si estuvieras hablando con ellos. 
Y eso estoy haciendo.."
Queridos Reyes Magos

Una de las cosas que me ha llamado la atención en este recopilatorio es la cantidad de cuentos protagonizados por niños que hay, estableciendo casi un subgénero en la literatura turámbica. Muchos de ellos describen situaciones o escenas muy crudas desde una perspectiva inocente (que, en muchos casos, sirve para que se pierda un estrato de esa maravillosa candidez) donde los pequeños narradores son testigos de hechos trágicos o escabrosos desde la más absoluta ignorancia. En estos relatos, la tristeza y la nostalgia juegan un papel importante pero casi siempre suelen arrancarnos, al menos, una sonrisa cómplice en los labios. Este formato tiene dos grandes peligros: es fácil caer en la sensiblería y es difícil crear una voz infantil sin dejes adultos. No hace falta decir que Daniel sortea estos dos grandes escollos sin problemas. Mención aparte merece la inquietante y carismática Isidora: la amarás o la odiarás. O las dos cosas. 

Otro subgénero del que ya tuvimos fantásticos ejemplos en los anteriores libros es el de las fábulas. Aquí también hay varias relatos que humanizan a los animales para regalarnos historias cargadas de simbolismos: desde la revisión de algún cuento popular, pasando por la reinterpretación de una fábula de Oscar Wilde o la tercera parte de la famosa saga turámbica protagonizada esta vez por rapaces. De nuevo, Daniel pone filtros a nuestra perspectiva para jugar con ella y disfrazar un punto de vista, casi siempre crítico con el modo de vida humano, entre pájaros serviles que hablan, gatos cabrones y lobos con piel de hombre. Lo que se llama una fábula bien hecha.

Foto: guatman
La fantasía es, como ya pudimos comprobar en los anteriores libros, uno de los elementos esenciales en la obra de Daniel, entremezclándose muy a menudo, y de manera sutil, con elementos reales y cotidianos, lo que permite abrir el campo de las posibilidades por los que las situaciones y los personajes campan a sus anchas. En este tercer volumen, el espectro de escenarios y tiempos explorados se amplia de manera impresionante. Tenemos historias enmarcadas en el esplendor de imperios desaparecidos hace milenios y en futuros especulativos, arcángeles de la imaginería bíblica, cuentos de hadas tradicionales, el género épico tolkieniano de mediados del siglo XX, la robótica de leyes propias, gestas de cartucho y consola, criaturas de la noche y superhéroes como nunca los has visto (te lo puedo asegurar).

 "Entré empapado a la cafetería 
que estaba repleta de más refugiados. 
Ella ya estaba allí, sentada en una 
pequeña mesa junto a la cristalera 
leyendo la misma novela que ahora mantiene 
cerrada junto a su mano izquierda. 
El mismo café cortado y la misma 
pastita de chocolate en un diminuto plato. 
Y frente a ella el único hueco 
disponible de la cafetería."
Café cortado

También hay cabida para las historias más reales: el amor al abrigo de una cafetería, la pérdida de contacto con la realidad que produce a veces la obsesión, el humor entre columnas y filas y fórmulas, la brutalidad extrema o el comienzo a nuevas vidas.
 

Para el final me quedo con uno de los mejores relatos que he leído nunca, no sólo de Daniel, sino de cualquier autor. "La importancia de hacer la cama" es un relato en mayúsculas: el tema, el planteamiento, el desarrollo, la historia detrás, todo está encajado a la perfección en un ejemplo de lo que debe ser la literatura universal, más allá de géneros, de modas y corrientes. La narración, sutil y progresiva, va desvelándonos una historia cargada de más sombres que luces, arrancando desde una monotonía mecánica cargada de cajas de fruta y días siameses.

Foto: so le

De momento, el "hasta-a-saber-cuándo" (que no "adiós") del autor ya está durando demasiado porque aunque algunos pudimos seguir disfrutando de su buen hacer durante los citados concursos o en su etapa en Literatura Bastarda (un fantástico proyecto del que tuve la suerte de formar parte durante un breve período de tiempo), la verdad es que ya es hora de que Daniel resucite su parte Turambar y nos vuelva a regalar algo de su talento, que la música está muy bien pero acompañada de buena lectura está mucho mejor. Yo, por si acaso, ya tengo mi pancarta preparada para la manifestación que se está montando.