sábado, 31 de diciembre de 2016

Lo menos visto de 2016


Foto: :::M@X:::
Así es. Todo el mundo se afana últimamente en mostrar lo mejor y lo más visto del año que nos abandona (tampoco es algo original, se hace cada año). En el apocalipsis vamos a recordar las siete entradas menos visitadas de 2016. Somos así de (poco) originales. 

 
Tiempos de cambio. El progreso avanza y no se detiene, y el individuo debe adaptarse o quedarse en el camino. Somos una trituradora imparable. La entrada más vista de las menos vistas.


 
Al final de los bises. En realidad no sé qué estaría yo pensando aquí, pero, mira, fue un verano muy bizarro así que... Es mejor que lo leas y juzgues por ti mismo.

Venganza. Uno de las primeras entradas del blog. Un gran micro (no lo digo yo sólo, que conste) que pasó desapercibido en su momento.

 
Los reyes que nunca se convirtieron en padres. Justo en medio de la lista, una pequeña historia muy acorde con estas fechas, con un trasfondo que siempre está bien recordar, por aquello de dejar de mirarnos el ombligo y eso.

En una isla sin nombre. Muchos de los micros que aparecen en este blog son producto de participaciones en un concurso que teníamos los usuarios de un foro de cierta página de autopublicaciones. La premisa era siempre una frase inicial impuesta por el micro ganador de la edición anterior. En este caso, la cosa tenía su miga.
 
Docencia. Para los que dicen que no sé hacer historias de humor... tienen razón, no sé. La segunda entrada menos vista de 2016.  

Desaparecida. Y en el número uno de la lista (o en el fondo del baúl, según cómo se mire), esta historia de probetas y ansiedades. Totalmente inmerecido, ya te lo digo yo.

Nos vemos el año que viene.

sábado, 24 de diciembre de 2016

Carbón y migajas

Foto: Julie Falk
   El comedor está repleto de trozos de papel de regalo y cajas abiertas. Este año, toda la familia ha venido a casa de Marcos a compartir los regalos que los reyes magos les han traído.
   El niño está jugando con su nuevo garaje de siete pisos con rampas dobles y elevador eléctrico. Los coches suben y bajan, aparcan, repostan, pasan por el túnel de lavado...
   Su madre trastea el móvil nuevo. Su padre, una cámara de vídeo de alta definición.
   El televisor vomita los últimos estertores de una campaña que acaba, entre deseos para el año nuevo y anuncios de rebajas.
   Un niño inunda la pantalla de cuarenta y ocho pulgadas. Tiene el vientre abultado y mocos resecos en la cara. Lleva una camiseta de un color indefinible dos tallas más grande, deshilachados los bordes de cuello y mangas. Su mirada está impregnada de curiosidad y temor mientras mira a la cámara.
   Marcos contempla un segundo el montón de juguetes junto al sillón que aguarda pacientemente su turno.
   - Mamá -dice.
   - ¿Qué cariño? -responde ella sin apartar la vista de la pantalla táctil.
   - ¿Es que ese niño no se ha portado bien este año?

miércoles, 14 de diciembre de 2016

Retratos en tinta: Auguste Dupin


Foto: Neil Moralee

Seguramente, para el gran público, el nombre de Auguste Dupin sea poco conocido, por lo menos si se compara con el de otros míticos investigadores de la literatura, como Sherlock Holmes o Hercule Poirot, que hacían de la inteligencia y la deducción sus mejores armas. Pero Dupin fue, ni más ni menos, el primero de todos ellos, modelo e influencia para los que habrían de venir. 

El chevalier Auguste Dupin nació en la primera mitad del siglo XIX de la mano del escritor americano Edgar Allan Poe, y aunque tan sólo protagonizó tres de sus cuentos ("Los crímenes de la calle Morgue" de 1841, "El misterio de Marie Rogêt" de 1842 y "La carta robada" de 1844) estos se convirtieron rápidamente en un auténtico modelo narrativo nuevo para la época, sentando las bases de la literatura "detectivesca" e influenciando a varias generaciones de escritores. En ellos se pueden encontrar muchos de los elementos básicos de este género: un investigador inteligente, excéntrico y genial en contraposición a una policía tosca e incompetente, unos crímenes envueltos en un halo de misterio a priori impenetrable y un personaje cercano al detective que se convierte en testigo y narrador en primera mano de los hechos.
Auguste Dupin es, en palabras de su anónimo amigo y cronista ocasional, un "joven caballero" de "familia excelente -y hasta ilustre-" que pierde toda su fortuna en "desdichadas circunstancias" y cuyo carácter "sucumbió a la desgracia", llevándolo al aislamiento y la indolencia. Tras un encuentro fortuito en una librería de la rue Montmatre de París, ambos caballeros entablarán una sólida amistad que los llevará a compartir morada en una decrépita mansión "en una parte aislada y solitaria del Faubourg Saint-Germain", que se convertirá en el escenario en el que se desarrollan las largas disertaciones en las que el chevalier se adentra en los inquietantes casos que se le presentan.
Quizás sea ésta una de las claves del personaje: los casos se le presentan. Dupin no es un sabueso, no tiene la necesidad ni la curiosidad de salir fuera de su hogar a resolver acertijos, ni siquiera le impulsa el dinero que pudiera ganar (a pesar de estar en la miseria) o la fama o el labrarse una carrera profesional. Es más bien un alma que languidece a ratos, a ratos se embarca en largas disertaciones y que ante nada parece conmoverse, una suerte de espectador excepcional ante un mundo aburrido y sin secretos para su afilado intelecto. Tan sólo parece recibir cierto placer en la demostración de su "arte" y en mofarse de los burdos métodos policiales, personificados en la figura del prefecto de la policía de París, "nuestro viejo conocido G..."

Imagen: University of Maryland
"Los crímenes de la calle Morgue" es el primer y probablemente el más popular de los tres relatos protagonizados por Dupin. En él, resolverá un truculento asesinato perpetrado en una habitación cerrada en la que nadie parece haber podido entrar o salir. En "El misterio de Marie Rogêt", Poe establece un paralelismo con un caso real ocurrido en Estados Unidos que en la época tuvo mucha repercusión, llegando el autor incluso a ser relacionado con él. "La carta robada", el más breve de todos, supone un duelo de genialidades entre el chevalier y el ministro D., un astuto y retorcido político que ha robado una comprometedora carta para un personaje que ocupa "un altísimo puesto" con la que pretende extorsionarlo.

Aunque es indiscutible el valor de estas tres narraciones, también es cierto que muchos autores que recogieron su testigo mejoraron y ampliaron el género, creando personajes con mayor profundidad y carisma. Las narraciones de Dupin son demasiado estáticas, más centradas en el análisis de los hechos que en el desarrollo de la acción, convirtiendo muchos pasajes en largos monólogos del personaje a modo de clase magistral de no siempre fácil digestión.

Edgar Allan Poe (1809-1849) nació en Boston. Huérfano a temprana edad, fue educado por John Allan, un acaudalado hombre de negocios de Richmond que nunca lo adoptó. Marcado por la tortuosa relación con este hombre y la pérdida de su madre, comenzó su educación en Inglaterra aunque volvió a Estados Unidos a los once años. Después de romper relaciones con su padre adoptivo, en parte por sus problemas con el alcohol y el juego, en 1829 entró en la academia militar de West Point de donde sería expulsado por rebeldía e incumplimiento del deber. En 1836, se casó con su prima Virginia, de trece años de edad, con la que continuaría hasta la muerte de ella a causa de la tuberculosis en 1847, hecho que agravó sus problemas con el alcohol y las drogas que lo llevarían a la muerte dos años después. Poe está considerado uno de los maestros del relato corto y aunque es conocido sobre todo por su contribución al género de terror y fantástico, su obra se extiende más allá y abarca también la poesía, la novela y el ensayo.
Foto: Brigitte Werner
No está claro el origen del Dupin, aunque se especula con la posibilidad de que Poe se basase en Eugène-François Vidocq (1775-1857), famoso personaje francés cuya intensa biografía (de criminal y convicto a jefe de la policía parisina e investigador privado) inspiró a muchos personajes de la época creados por Dumas, Hugo o Balzac entre otros.  

martes, 6 de diciembre de 2016

De mañana no pasa


Foto: Ariela Reis

 - Fue peor el ir a verla. Debería haberle mandado un ramo.
- ¿No le dijiste que la atropellaste tú?
- No. Cada día me iba de allí convencido de que lo haría al siguiente pero siempre lo aplazaba: cuando se encuentre mejor, cuando le den el alta, cuando pueda moverse, cuando acabe la rehabilitación...
- Pero, fue un accidente. No tuviste la culpa.
- Llevo tres años diciéndome lo mismo.
- Y, ¿qué vas a hacer?
- Bueno... de momento, le he pedido que se case conmigo.

domingo, 27 de noviembre de 2016

Después de medianoche




Foto: Sergio Flores Rosales
Cuando la carroza se marchó al baile sin ella, la muchacha corrió al jardín, se derrumbó en un apartado rincón y dio rienda suelta a su dolor y su rabia.
"No es justo", sollozaba. "No es justo".
Entre lágrimas, rememoró todas y cada una de las veces en que su madrastra la había humillado, maltratado, insultado. Nunca hacía nada bien, nunca era suficiente.
Intentó recordar el rostro de su madre, muerta hacía tanto que apenas la reconocía en los escasos retratos que conservaba en el polvoriento desván.
Pensó en su padre, en sus constantes viajes. En uno de ellos trajo a su nueva "madre" y a las dos pequeñas arpías. Del último, simplemente no regresó; ni una carta, ni un adiós. Tan sólo vacío y deudas.
Cuando sus hombros dejaron de sacudirse, su mente imaginó a las tres mujeres entrando a palacio. La bruja confiaba en poder conseguir para sus hijas algún marido lo suficientemente rico y lo suficientemente estúpido.
"Buena suerte", suspiró con una sonrisa sin humor, mientras veía a su madrastra tratando de cazar los sapos que aquellas dos bocazas parían sin cesar. Casi estuvo tentada de sentir lástima de la mujer, condenada a cargar con aquel lastre.
Casi.
Al cabo de un rato se levantó, subió las escaleras de su habitación y tomó asiento en el alféizar de la ventana.
En la penumbra, las oyó llegar, parloteando indignadas y perplejas. "¡Qué sorpresa! Parece que la velada ha sido todo un éxito", pensó. La chica no tenía duda alguna de quien iba a pagar los platos rotos a la mañana siguiente.
El alba la encontró donde la noche la había dejado.
Suspirando, se levantó y se dirigió a la cocina, dispuesta a trazar una raya más en la pared de su celda. Allí, descubrió el cadáver de una rata cerca de la alacena. Con un estremecimiento de asco, cogió al animal por la cola y lo lanzó a la basura.
Entonces, mientras contemplaba hipnotizada el menudo cuerpo, un pensamiento cruzó su mente. Recordó dónde guardaban el veneno para los roedores. Su respiración se tornó brusca y el corazón se le aceleró.
Con un estremecimiento, se giró dispuesta a sacudirlo de su cabeza.
La mañana discurrió apacible como un domingo de difuntos hasta que la señora despertó. Furiosa, ordenó mil tareas innecesarias a su hijastra e hizo levantar a sus hijas que descargaron toda su ira sobre la muchacha exigiendo, chillando, insultando.
Mientras removía el guiso de la comida, lágrimas de rabia caían sobre el caldero.
Bruscamente, detuvo la cuchara y en un revuelo, cogió el matarratas y lo vertió dentro.
Horrorizada, se retiró del hogar y contempló la olla como si fuese un animal salvaje.
Un grito exigente llegó desde dentro de la casa.
Dio un paso adelante y comenzó a echar especias para disimular el sabor.
Foto: Peter C
Cuando el sol caía, la muchacha, sentada en el sillón que una vez fue de su padre y que tantos años le había sido vedado, contemplaba el fuego del hogar. Ya no se oían gritos, tan sólo un llanto débil y lastimoso que provenía del cuarto de la bruja.
Dejó que el día muriese lentamente y después, fue a recoger sus escasas pertenencias y toda la comida que pudiera cargar. Guardó las pocas monedas que encontró entre sus ropas y prendió fuego a las cortinas.
Mientras se internaba en el bosque, la casa se fue iluminando por dentro como una lámpara de papel.
A lo lejos, las campanas de la iglesia anunciaban la medianoche.

jueves, 17 de noviembre de 2016

Nada por aquí...


Foto: Beate W

- ¿Es que no te fías de mí?
El niño contempla el lápiz que sostiene su prima sin demasiada confianza.
- Pero si no te va a pasar nada -prosigue ella-. Lo he visto en casa de una amiga: un mago vino a su fiesta de cumpleaños y nos hizo un montón de trucos y éste se lo hizo a ella y todas nos reímos mucho. Que no pasa nada, de verdad.
- Es que... -aventura él, tímidamente.
- ¿Qué? -La niña comienza a estar molesta.
- Es que... eso no es una varita mágica -acierta a decir-. Es un lápiz.
Por un momento, el argumento le parece de peso pero esa sensación se esfuma rápido ante la expresión de disgusto de la niña.
- Ya lo sé -espeta con la confianza que da el conocimiento absoluto-. Pero para el caso es lo mismo. Un mago no necesita una varita para hacer magia -añade sacudiendo la cabeza para remarcar lo que, a todas luces, es evidente.
El niño agacha la cabeza.
- ¿Y por qué no lo pruebas contigo? -protesta esperanzado.
- ¡Aaaaaarf! -suspira la niña, irritada-. Los magos tienen ayudantes -recalca-. No se hacen los trucos a ellos mismo. ¿Es que no sabes nada de magia?
El niño no está seguro de querer contestar.
- Es muy fácil -insiste ella-. Mira -añade colocando la punta del lápiz en el oído de su primo y sosteniéndolo para que quede horizontal-, se pone así y luego se empuja y sale por el otro lado. ¡Tachán! -exclama entusiasmada.
El niño se aparta ligeramente.
- ¿No tendrás miedo, no? -pregunta su prima.
- ¿Yo...? ¡Qué va! -asegura sin demasiada convicción.
- Pues ya está -sentencia ella-. Mira -añade-, lo haremos de golpe, como cuando mi madre me quita una tirita: ¡ras! ¿Vale?
- No sé...
- Vengaaaa... ¡por fiiii!
El niño asiente encogiendo los hombros.
- ¡Yupiiii! -exclama ella batiendo palmas-. Tu cógelo fuerte por aquí -dice, colocando la mano del niño sobre la punta del lápiz que ya está de nuevo dentro de su oído.
- Vale... pero cuenta hasta tres -añade con un estremecimiento.
- Vale.
La niña pone una mano sobre la cabeza de su primo y levanta el otro brazo por encima del hombro.
- ¡Señoras y señores, con ustedes... la mejor maga del mundo! -exclama-. A la de una... -el niño hunde todavía más la cabeza entre los hombros-, a la de dos... -y cierra los ojos con fuerza mientras aprieta toda la cara-, ¡y a la de...!

Foto: Victoria Pickering

 - ¡Laraaaa! -una exclamación resuena desde dentro de la casa-. ¡A comer!
La niña pone los ojos en blanco y deja caer el brazo que golpea contra su costado.
- ¡Jooo, mamaaaaaá, que estamos haciendo magia!
- Pues ya seguiréis luego. Venga, lavaos las manos que ya está la mesa puesta.
- ¡Mamaaaaaá! -protesta ella, clavando los talones en el suelo del jardín.
- ¡Lara! ¡A comer!
Lara se mete en casa dejando un reguero de protestas por el camino.
Su primo se levanta de un salto y la sigue trotando.
Antes de entrar en casa, se detiene y lanza el lápiz con todas sus fuerzas hacia el patio del vecino.