viernes, 29 de julio de 2016

Etéreo



"No os preocupéis por mí", rezaba el mensaje.
La madre de Dani reconoció aquella letra y se estremeció.
El dedo invisible dibujó entonces una cara sonriente sobre el espejo empañado.
Después, una brisa cálida envolvió a la mujer acariciando sus mejillas, enredándose en el vello de la nuca, reverberando bajo la piel con el eco de una risa alegre; dejando un vacío insoportable.
La madre de Dani salió del baño y se derrumbó sobre la cama intacta de su hijo, con la terrible certeza de que, esta vez, se había ido para siempre.

Foto: Katherine Evans

No hay comentarios:

Publicar un comentario