miércoles, 10 de agosto de 2016

La persistencia del hombre santo


Por muchas lunas, los dioses nos negaron el agua para nuestros campos y nuestros hijos. Los cultivos se secaron, los pozos retrocedieron hacia las profundidades como lombrices asustadas.
Nuestro chamán comenzó entonces a bailar alrededor de unos signos que trazó en la arena reseca, para rogar a los dioses que la lluvia volviera.
Foto: Alejandro Basso
Durante muchas noches y muchos días, sus cantos se elevaron al cielo, sus pies desnudos hollaron la tierra. Y su canción agitó a nuestras bestias en los establos pero el hombre santo no conoció descanso. Y su canción hizo llorar a nuestros niños en sus cunas pero el hombre santo no conoció descanso. Y su canción ahuyentó a las escasas alimañas nocturnas que eran nuestro mísero sustento pero el hombre santo no conoció descanso. Y su canción inundó nuestras noches insomnes pero el hombre santo no conoció descanso.
Hasta que un atardecer, los cielos se cerraron y retumbó el trueno como tambores de guerra. Nuestro hechicero pateó el suelo con más fuerza y clamó con más ansia. Los vientos furiosos lo envolvieron, la arena se levantó y formó remolinos entre sus piernas. Las luces del cielo parpadearon con furia. Todos nos cobijamos en nuestras casas, temblando ante la ira de los dioses.
Entonces, un único rayo partió el cielo con un brillo cegador y un estruendo pavoroso.
Después, tan sólo el silencio.
Las nubes se abrieron y la luna asomó entre ellas.
Del chamán tan sólo quedó una mancha negra sobre la arena.
Han pasado varias lunas y la lluvia sigue sin venir.
Pero ahora, por lo menos, podemos dormir por las noches.

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