domingo, 11 de septiembre de 2016

Instinto paternal



- ¡No quiero verla, papá, por favor, no la dejes entrar!
- Pero, cariño, es tu madre...
- No, por favor, no quiero.
- Pero, cariño, ella te quiere... está muy afectada por lo que ha pasado...
- ¡No quiero verla, vale!
El padre vaciló unos segundos.
Después, alzó la mano y acarició los cabellos de su hija, que se abrazaba las rodillas tapadas por el fino edredón mientras lo contemplaba con los ojos enrojecidos.
 -Papá... la he visto... con ese hombre... en la cama... y estaban...
Las lágrimas volvieron a rodar por sus mejillas. Enterró el rostro en sus manos.
Foto: Oliver Gruener
Él abrazó aquellos menudos hombros que se sacudían como si nunca fuesen a dejar de hacerlo. Sorprendido, notó que los ojos se le humedecían y se le nublaba la vista.
Cuando ella se durmió, abandonó sigilosamente la habitación y se dirigió a la cocina. Entró y cerró la puerta despacio.
- ¿Se ha dormido ya? -le dijo su mujer, sentada frente a una taza humeante.
- Sí. Está deshecha -añadió tras una pausa.
La mujer bufó.
- ¡Te dije que era arriesgado traerlo aquí, que la niña podría sorprendernos!
- No tenía que haber pasado -repuso él con voz queda.
- ¿Y dónde narices estabas tú, eh? Se suponía que tenías que estar con ella mientras yo traía a Desmond a casa.
- Me retrasé...
- ¿Te retrasaste? ¿Ésa es tu excusa, que te retrasaste?
- Se me fue la hora.
- ¡Ah, bueno, y con eso ya está todo dicho! -se levantó bruscamente y dejó la taza en el fregadero-. Te dije que teníamos que hacerlo lejos de casa, que este no era el sitio adecuado, que era arriesgado. Y tú, ¡no! ¡Un hotel es caro, un hotel no es tan discreto! ¡La agencia corre con todos los gastos, ¿qué más te da a ti el dinero?! ¿Y esto, ha sido discreto? Podría haberme ido a la otra punta de la ciudad y nadie se hubiera enterado.
- Pensé...
- ¡Pensaste! -siseó-. ¡Tú no tienes que pensar nada!
La última palabra restalló como un látigo en la quietud de la noche.
La mujer calló de golpe, haciendo un visible esfuerzo por controlarse.
Escuchó atentamente el silencio de la casa.
Tras unos segundos, respiró hondo.
- La misión no se ha visto comprometida. Desmond no se enteró de que ella había estado aquí. Seguiremos con el plan establecido. Pero ella tendrá que desaparecer, ahora mismo tan sólo complicaría las cosas.
Él levantó la vista, visiblemente alterado.
- ¿Pretendes... eliminarla? -balbuceó-. Sólo tiene trece años.
La mujer lo miró, incrédula.
- ¿Pero qué te pasa? -espetó-. ¡Es un puto robot, hace seis meses ni siquiera existía! Sus recuerdos le fueron implantados, tú mismo has tenido que memorizarlos. ¡Todo esto es una farsa, una puta mentira para conseguir un objetivo!
Contempló la mirada perdida del hombre, su actitud abatida.
- No puedo creerlo -murmuró.
- ¿Qué haces? -le preguntó él.
- Llamar a la central -respondió ella marcando una secuencia de números y letras en la pantalla táctil del móvil-. Esto es algo más que un simple contratiempo.
- No -protestó.
- Esto ya no depende de ti -repuso, dándose la vuelta. Un contestador automático habló, invitándola a que dejase un mensaje-. No te preocupes, son muy imaginativos. Seguramente, la mandarán una temporada con sus abuelos -bufó-. Con un poco de suerte, hasta nos enviarán fotos y todo.
Tras una pausa, comenzó a teclear una nueva secuencia. Antes de completarla, exhaló un quejido y se desplomó.
El hombre atrapó el cuerpo ya sin vida y lo depositó con sigilo en el suelo.
Foto: dusk-photography
- No te llevarás a mi hija -susurró.
Después, dejó caer la pequeña jeringuilla al incinerador que la acogió con un corto zumbido. Recogió el teléfono, lo apagó y lo lanzó al mismo sitio.
Su mente entrenada empezó a elaborar planes con destinos, coartadas, identidades...
- Papa... -oyó a sus espaldas.
Salió rápidamente de la cocina, procurando tapar la puerta con su cuerpo. En el pasillo, encaró los adormilados ojos de la niña.
- ¿Qué pasa?
- Nada, cariño -la tranquilizó.
- ¿Y mamá?
- Se ha marchado.
La niña lo contempló, asustada pero con un atisbo de esperanza en su mirada.
- ¿Y no va a volver? -preguntó tras una pausa.
- Sólo si tú quieres. -Pareció conforme con la respuesta-. Y nosotros también nos vamos.
- ¿A dónde? -preguntó.
- Lejos, muy lejos.
Lo miró con los ojos muy abiertos. Después pareció meditar algo.
- Sí -asintió ella, gravemente.
Él sonrió, lleno de orgullo. La abrazó y sintió los menudos brazos rodeando su cintura. Depositó un beso en la pequeña cabecita y se separó para contemplarla.
- Ve a hacer la maleta, ¿quieres?
Ella asintió de nuevo, con una tímida sonrisa aflorando en su boca apretada.
La contempló marcharse.
- Te quiero, papá -le dijo, girándose, antes de entrar en su habitación.
Él no dudó ni por un instante de que, de alguna manera que él no entendía, aquello fuese cierto.
- Yo también a ti, cielo -respondió.

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