domingo, 23 de octubre de 2016

La primera vez



- ...hola...
- ...hola...
En el aire tenso del recibidor, las palabras estallan como pequeñas burbujas de gases extraños, reactivos; antagónicos.
- ¿Está preparado el niño?
"El niño". Siempre se han referido a él así. Muchos padres lo hacen, seguramente ella lo ha hecho miles de veces. Aún así, en los labios de él, en ese momento, suena como un insulto despectivo y cruel. "El niño". Le encantaría aplastarle la cara con la puerta, dar dos vueltas a la llave y tirarla al mar. "El niño". El niño tiene un nombre.
Respira hondo. A su pesar, el aliento le tiembla al escapar por entre los labios.
Se gira hacia al interior de la casa y llama a su hijo por el nombre que eligieron para él antes de que naciera.
Cuando se vuelve, por el rabillo del ojo capta una sombra en el asiento del copiloto del coche de él, que está aparcado en la calle. Su corazón sufre un vuelco. "La ha traído", piensa. Es una sombra menuda y esbelta de cabellos rizados y largos. Desde donde está, apenas distingue sus facciones, pero se las imagina gráciles y perfectas. Su voz seguramente será armoniosa y cálida. Seguro que, además, huele de puta madre.
Su mano se crispa de nuevo en la puerta. Siente unos deseos insanos de chillar, de golpearlo, de mandarlo todo a la mierda, de cerrar el castillo a cal y canto.
Pero el abogado fue muy claro: hay que respetar los horarios de visita mientras no haya sentencia firme. Malditos abogados, cuando quieren pueden ser la puta voz de la sensatez.
Detrás suyo, el ruido de unos pies arrastrándose escaleras abajo le anuncian la llegada de su hijo.
Se vuelve para contemplarlo.

Foto: Blake Bolinger
Su cara está un poco descolgada, como cuando le tocaba comer verdura para cenar. Carga con la mochila que prepararon juntos ayer, como la primera vez que se fue de colonias, sólo que esta vez nadie reía. "¿Tengo que ir?", le preguntó rompiendo un prolongado silencio que estaba destinado a ser roto por mucho que se resistiese a desaparecer. Ella quiso explicarle que el maldito abogado le ha dicho que tienen que respetar los horarios de visita hasta que haya una sentencia firme, pero qué coño entiende un niño de diez años de sentencias ni abogados. Simplemente lo abrazó todo lo que pudo aguantar las lágrimas y luego siguió metiendo prendas en la mochila.
Se planta junto a ella, acercándose hasta que sus cuerpos casi se tocan. Apenas levanta la vista para saludar a su padre. Ella lo mira, la coronilla casi a la altura de su nariz, y se pregunta cuando ha crecido tanto su niño.
De nuevo ese vacío en el pecho, ese calambre en el brazo que sólo se calmaría si lo soltara como un resorte.
- Hola, chaval. Ve entrando, yo ahora voy, ¿vale?
El niño asiente, aunque el movimiento es tan débil que bien podría estar simplemente suspirando. Se deja besar apenas por su madre y se marcha sin mirar atrás. En dos portazos ya está en el coche.
- Oye... quería comentarte una cosa -empieza él.
Ella no puede mirarlo, sabe que debe ser importante lo que él está tratando de decir pero no puede apartar la vista del coche. La sombra en el asiento del copiloto se ha movido, se está retorciendo como una serpiente, cerniéndose sobre su hijo, hundido en el asiento de atrás. Estira un apéndice hacia él tratando de tocarlo.
- Creo que deberías irte ya -le interrumpe bruscamente.
- Pero... -balbucea él.
- Nos vemos mañana. Pasadlo bien.
En un rápido movimiento, la puerta está cerrada y atrancada con su cuerpo tembloroso.
Corre hacia la ventana, él ya está en el coche. Se ha detenido un segundo con la cabeza gacha, sacudiéndola, como si negase algo.
Entra en el coche.
El coche arranca.
El coche se marcha y desaparece.

Foto: revertebrate
Las lágrimas afloran a sus ojos. Consigue retenerlas. Se recuerda la promesa: nada de llantos, nada de llantos.
Respira hondo.
Varias veces.
Se encamina hacia la cocina y recoge los platos del desayuno. Apenas hay un par de tazas. Ha sido un desayuno muy frugal.
Se suelta a sí misma el discurso que tenía preparado. No se qué mierda sobre disponer del tiempo, sobre las veces que soñó qué podría hacer con un fin de semana para ella sola, para sus cosas, para cuidarse, para... ¿para qué más era? No debían ser demasiado importantes cuando es incapaz de recordar ni una sola de ellas.
Se sienta en una silla de la cocina pero apenas aguanta un par de segundos.
A su mente acude una y otra vez la imagen de la sombra de pelo rizado, retorciéndose hacia su hijo, hundido en el asiento de atrás.
Se levanta, coge un trapo y lo dobla. Lo coloca sobre la encimera. Lo desdobla y seca la encimera que acaba de secar con él. Cuando acaba, empieza a doblar el trapo y a mitad de camino lo lanza contra la pared con un chillido y se derrumba en el suelo, sollozando.

4 comentarios:

  1. Un relato estupendo, lleno de fuerza y que refleja muy bien los sentimientos de los protagonistas. Efectivamente, a veces la primera vez no es nada fácil...

    Muy bueno, me ha gustado mucho :)

    ¡Saludos!

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    1. Muchas gracias, Julia. Y bienvenida a este pequeño rincón.

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  2. Buen relato, una escena narrada con fuerza, transmite la rabia de esa madre cuando debe "ceder" a su hijo no ya a su padre, sino a su amante. Saludos!

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    1. Muchas gracias por el comentario, David. Es justo lo que pretendía mostrar. Un saludo y bienvenido.

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