jueves, 6 de octubre de 2016

Retratos en tinta: Philip Marlowe


Philip Marlowe está considerado, junto a Sam Spade (personaje creado por Dashiell Hammet), el arquetipo de detective privado de novela negra. No en vano se afirma que todos los investigadores que aparecieron posteriormente no son sino meras réplicas del personaje creado en la primera mitad del siglo XX por el escritor Raymond Chandler.
Imagen: Brigitte Werner
Las aventuras y desventuras de Marlowe transcurren a lo largo de siete novelas y dos relatos breves: "El sueño eterno" (1939), "Adiós muñeca" (1940), "La ventana alta" (1942), "La dama del lago" (1943), "La hermana pequeña" (1949), "El largo adiós" (1953), "Playback" (1958), y los breves "El confidente" (1934) y "El lápiz" (1958). En ellas, Marlowe recorre las catacumbas de la costa californiana, escenario por el que deambulan exconvictos, hampones, policías de doble fondo, políticos corruptos y, como no, femme fatales que empujarán al detective a la resolución, no siempre satisfactoria, de los casos más retorcidos.

Obstinado, perspicaz, irónico, seco, mordaz, solitario; regido por un código moral propio que no entiende de instituciones ni jerarquías y que no duda en incluir la violencia, la extorsión o el soborno como meras herramientas para conseguir un fin. Marlowe golpea y encaja según su propio criterio, tratando de llegar siempre al fondo de una cuestión que, en casi todos los casos, comienza siendo un encargo y acaba siendo casi una cruzada personal a pesar, e incluso en contra, de sus propios clientes. Como un mulo de carga, el detective arrostra con lo que sea para llegar al fondo de todos los interrogantes, aunque nadie quiera saber las respuestas. Unas respuestas que, en ningún caso, sirven para llenar su propio vacío, un vacío de soledad y alcohol, porque lo único que le interesa es la búsqueda, porque Marlowe es un animal que dormita (tras su sempiterno escritorio, su tablero de ajedrez o una botella) y que sólo vive para cazar.

Foto: Marcelo Gerpe
Philip Marlowe es un ser que no encaja en el mundo que le ha tocado vivir, a pesar de conocer y dominar como nadie los recovecos más oscuros y sucios. O quizás precisamente por eso. Una suerte de caballero andante, tozudo e inamovible, con un código moral anacrónico y particular, que deambula con su armadura oxidada y su jamelgo en ruinas rescatando damas en apuros y despreciando la gratitud que siempre espera le muestren porque él es el héroe que no quiere admitir que le gusta ese papel.

Seguramente, "El sueño eterno" sea la novela más famosa del detective pero sin duda "El largo adiós" es la culminación de todo lo que representa. Arrastrado por su retorcido sentido de la amistad, Marlowe se embarcará en una cruzada personal para esclarecer la muerte de Terry Lennox, un héroe de guerra mutilado y alcohólico que languidece entre la alta sociedad, vinculado a ella a través de un matrimonio de cartón piedra. Depresivo, alcohólico, autodestructivo, desencantado, Lennox es un especie de alter ego de Marlowe, una versión de sí mismo con varios grados de alcohol más, una imagen aproximada de en lo que podría haberse convertido en circunstancias distintas, un animal domesticado al que no le queda nada más que extinguirse lentamente en su jaula de oro. Su presencia trastocará toda la existencia del detective, arrastrándolo al fondo de sus propios abismos en medio de una maraña de mentiras y decadencia alrededor del matrimonio formado por un novelista de éxito desengañado y al borde del suicidio y su esposa, un ser contradictorio y trágico que zarandeará al investigador como quizás ninguna otra mujer antes lo haya hecho.

Foto: PublicDomainPictures
Raymond Chandler (1888 - 1959) nació en Chicago aunque creció y fue educado en Inglaterra. Se hizo súbdito británico en 1907 y, tras participar en la I Guerra Mundial, volvió a Estados Unidos. No fue hasta pasados los cuarenta que decidió dedicarse por completo al oficio de escritor, publicando diversos relatos en revistas pulp, en los que iría perfilando el personaje de Marlowe, que ya no abandonaría, y el germen de sus novelas. La mirada del detective se refleja en la fantástica prosa de Chandler: irónica, crítica, burlona, perspicaz y muy observadora. Las historias transcurren entre descripciones precisas y un absoluto dominio de unos diálogos brillantes y certeros que nos transportan a un mundo en blanco y negro donde todos los hombres llevan sombrero, las mujeres son criaturas misteriosas y complejas y todas las conversaciones telefónicas comienzan con: "señorita, póngame con el..."

Foto: Laszlo Zakarias
 Cualquiera de las novelas de Marlowe es un monumento al género negro (exceptuando la postrera "Playback", una maquinaria donde las piezas no acaban de encajar, chirrían y que, en ocasiones, roza peligrosamente la autoparodia) aunque, si podemos elegir, lo más recomendable es degustarlas todas en el orden de publicación, no por tener un hilo conductor (aunque hay personajes como Bernie Ohls o Anne Riordan que repiten en alguna de ellas) sino por disfrutar un camino que acaba en la magnífica "El largo adiós" (ya he dicho que "Playback", si no eres un fan incondicional del género negro o de los que tienen que leérselo todo, no hace falta que te asomes).

En 2014, Benjamin Black, pseudónimo con el cual el escritor John Banville firma sus novelas negras, resucita a Philip Marlowe, por encargo de los herederos de Chandler, en "La rubia de ojos negros".

4 comentarios:

  1. Moltes gràcies, me la quedo y la comparto y todo, que mola.

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  2. Bueno, bueno... he visto la entrada por el rabillo del ojo y no he podido resistirme. Estamos hablando de la novela negra por excelencia y de unos personajes y autores simplemente magistrales. Siempre digo que si alguien tiene problemas para escribir diálogos mejor que leer teoría debería empaparse de estas obras. Jamás se han escrito mejores y, a fuerza de leerlas, seguro que algo queda. Saludos!

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    1. Efectivamente, Marlowe son palabras mayores. Magistral e inolvidable.

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