jueves, 27 de octubre de 2016

In memoriam


Foto: Christophe Libert

Ha enterrado mi cuerpo junto al árbol que plantamos al llegar aquí.
Le ha explicado a nuestros hijos que estoy junto al Creador, que Él me cuida y deben alegrarse por mí, aunque él me llora cada noche.
Sé que velará por ellos, sé que no me olvidará.
Es un buen hombre.
Por eso, hermana mía, comprende que no puedo permitir que trates de ocupar mi lugar.

domingo, 23 de octubre de 2016

La primera vez



- ...hola...
- ...hola...
En el aire tenso del recibidor, las palabras estallan como pequeñas burbujas de gases extraños, reactivos; antagónicos.
- ¿Está preparado el niño?
"El niño". Siempre se han referido a él así. Muchos padres lo hacen, seguramente ella lo ha hecho miles de veces. Aún así, en los labios de él, en ese momento, suena como un insulto despectivo y cruel. "El niño". Le encantaría aplastarle la cara con la puerta, dar dos vueltas a la llave y tirarla al mar. "El niño". El niño tiene un nombre.
Respira hondo. A su pesar, el aliento le tiembla al escapar por entre los labios.
Se gira hacia al interior de la casa y llama a su hijo por el nombre que eligieron para él antes de que naciera.
Cuando se vuelve, por el rabillo del ojo capta una sombra en el asiento del copiloto del coche de él, que está aparcado en la calle. Su corazón sufre un vuelco. "La ha traído", piensa. Es una sombra menuda y esbelta de cabellos rizados y largos. Desde donde está, apenas distingue sus facciones, pero se las imagina gráciles y perfectas. Su voz seguramente será armoniosa y cálida. Seguro que, además, huele de puta madre.
Su mano se crispa de nuevo en la puerta. Siente unos deseos insanos de chillar, de golpearlo, de mandarlo todo a la mierda, de cerrar el castillo a cal y canto.
Pero el abogado fue muy claro: hay que respetar los horarios de visita mientras no haya sentencia firme. Malditos abogados, cuando quieren pueden ser la puta voz de la sensatez.
Detrás suyo, el ruido de unos pies arrastrándose escaleras abajo le anuncian la llegada de su hijo.
Se vuelve para contemplarlo.

Foto: Blake Bolinger
Su cara está un poco descolgada, como cuando le tocaba comer verdura para cenar. Carga con la mochila que prepararon juntos ayer, como la primera vez que se fue de colonias, sólo que esta vez nadie reía. "¿Tengo que ir?", le preguntó rompiendo un prolongado silencio que estaba destinado a ser roto por mucho que se resistiese a desaparecer. Ella quiso explicarle que el maldito abogado le ha dicho que tienen que respetar los horarios de visita hasta que haya una sentencia firme, pero qué coño entiende un niño de diez años de sentencias ni abogados. Simplemente lo abrazó todo lo que pudo aguantar las lágrimas y luego siguió metiendo prendas en la mochila.
Se planta junto a ella, acercándose hasta que sus cuerpos casi se tocan. Apenas levanta la vista para saludar a su padre. Ella lo mira, la coronilla casi a la altura de su nariz, y se pregunta cuando ha crecido tanto su niño.
De nuevo ese vacío en el pecho, ese calambre en el brazo que sólo se calmaría si lo soltara como un resorte.
- Hola, chaval. Ve entrando, yo ahora voy, ¿vale?
El niño asiente, aunque el movimiento es tan débil que bien podría estar simplemente suspirando. Se deja besar apenas por su madre y se marcha sin mirar atrás. En dos portazos ya está en el coche.
- Oye... quería comentarte una cosa -empieza él.
Ella no puede mirarlo, sabe que debe ser importante lo que él está tratando de decir pero no puede apartar la vista del coche. La sombra en el asiento del copiloto se ha movido, se está retorciendo como una serpiente, cerniéndose sobre su hijo, hundido en el asiento de atrás. Estira un apéndice hacia él tratando de tocarlo.
- Creo que deberías irte ya -le interrumpe bruscamente.
- Pero... -balbucea él.
- Nos vemos mañana. Pasadlo bien.
En un rápido movimiento, la puerta está cerrada y atrancada con su cuerpo tembloroso.
Corre hacia la ventana, él ya está en el coche. Se ha detenido un segundo con la cabeza gacha, sacudiéndola, como si negase algo.
Entra en el coche.
El coche arranca.
El coche se marcha y desaparece.

Foto: revertebrate
Las lágrimas afloran a sus ojos. Consigue retenerlas. Se recuerda la promesa: nada de llantos, nada de llantos.
Respira hondo.
Varias veces.
Se encamina hacia la cocina y recoge los platos del desayuno. Apenas hay un par de tazas. Ha sido un desayuno muy frugal.
Se suelta a sí misma el discurso que tenía preparado. No se qué mierda sobre disponer del tiempo, sobre las veces que soñó qué podría hacer con un fin de semana para ella sola, para sus cosas, para cuidarse, para... ¿para qué más era? No debían ser demasiado importantes cuando es incapaz de recordar ni una sola de ellas.
Se sienta en una silla de la cocina pero apenas aguanta un par de segundos.
A su mente acude una y otra vez la imagen de la sombra de pelo rizado, retorciéndose hacia su hijo, hundido en el asiento de atrás.
Se levanta, coge un trapo y lo dobla. Lo coloca sobre la encimera. Lo desdobla y seca la encimera que acaba de secar con él. Cuando acaba, empieza a doblar el trapo y a mitad de camino lo lanza contra la pared con un chillido y se derrumba en el suelo, sollozando.

miércoles, 19 de octubre de 2016

Primer asalto



Ante su vista, las puertas del poblado se abrieron y una turba caótica de bárbaros salió atropelladamente en dirección hacia ellos.
Los legionarios sonrieron, seguros de su victoria ante aquella pandilla de desharrapados; mas su sonrisa se desvaneció cuando la primera centuria fue arrollada y esparcida como paja seca.
Al poco tiempo, el campo de batalla se convirtió en una pelea de taberna, con los bárbaros persiguiéndolos uno a uno y aplastándolos como moscas, comandados por un canijo de bigotes dorados y un gigante con unos absurdos pantalones a rayas blancas y azules, que no paraban de reír.

Foto: Mira Pavlakovic

viernes, 14 de octubre de 2016

Coartadas


Foto: Klein Kirk

- El cabrón de mi vecino.
- ¿Está seguro? –preguntó el policía.
Miró su coche destrozado.
- Sí.
- Está hospitalizado.
- ¿Cómo?
- Anoche recibió una paliza. Dice que fue usted.
- ¿Yo?
- ¿Dónde estaba ayer, hacia las nueve?
- Yo…
Él era incapaz de agredir a nadie, todo el mundo lo sabía. Destrozar su propio coche para inculpar a ese cerdo era una cosa pero golpearle…
¿Y qué pensaría el resto del vecindario? ¿Que era un tipo violento? ¿Él... uno de esos a los que hay que pensárselo antes de llevarles la contraria? ¡Absurdo...!
- Fui yo –se oyó decir.

jueves, 6 de octubre de 2016

Retratos en tinta: Philip Marlowe


Philip Marlowe está considerado, junto a Sam Spade (personaje creado por Dashiell Hammet), el arquetipo de detective privado de novela negra. No en vano se afirma que todos los investigadores que aparecieron posteriormente no son sino meras réplicas del personaje creado en la primera mitad del siglo XX por el escritor Raymond Chandler.
Imagen: Brigitte Werner
Las aventuras y desventuras de Marlowe transcurren a lo largo de siete novelas y dos relatos breves: "El sueño eterno" (1939), "Adiós muñeca" (1940), "La ventana alta" (1942), "La dama del lago" (1943), "La hermana pequeña" (1949), "El largo adiós" (1953), "Playback" (1958), y los breves "El confidente" (1934) y "El lápiz" (1958). En ellas, Marlowe recorre las catacumbas de la costa californiana, escenario por el que deambulan exconvictos, hampones, policías de doble fondo, políticos corruptos y, como no, femme fatales que empujarán al detective a la resolución, no siempre satisfactoria, de los casos más retorcidos.

Obstinado, perspicaz, irónico, seco, mordaz, solitario; regido por un código moral propio que no entiende de instituciones ni jerarquías y que no duda en incluir la violencia, la extorsión o el soborno como meras herramientas para conseguir un fin. Marlowe golpea y encaja según su propio criterio, tratando de llegar siempre al fondo de una cuestión que, en casi todos los casos, comienza siendo un encargo y acaba siendo casi una cruzada personal a pesar, e incluso en contra, de sus propios clientes. Como un mulo de carga, el detective arrostra con lo que sea para llegar al fondo de todos los interrogantes, aunque nadie quiera saber las respuestas. Unas respuestas que, en ningún caso, sirven para llenar su propio vacío, un vacío de soledad y alcohol, porque lo único que le interesa es la búsqueda, porque Marlowe es un animal que dormita (tras su sempiterno escritorio, su tablero de ajedrez o una botella) y que sólo vive para cazar.

Foto: Marcelo Gerpe
Philip Marlowe es un ser que no encaja en el mundo que le ha tocado vivir, a pesar de conocer y dominar como nadie los recovecos más oscuros y sucios. O quizás precisamente por eso. Una suerte de caballero andante, tozudo e inamovible, con un código moral anacrónico y particular, que deambula con su armadura oxidada y su jamelgo en ruinas rescatando damas en apuros y despreciando la gratitud que siempre espera le muestren porque él es el héroe que no quiere admitir que le gusta ese papel.

Seguramente, "El sueño eterno" sea la novela más famosa del detective pero sin duda "El largo adiós" es la culminación de todo lo que representa. Arrastrado por su retorcido sentido de la amistad, Marlowe se embarcará en una cruzada personal para esclarecer la muerte de Terry Lennox, un héroe de guerra mutilado y alcohólico que languidece entre la alta sociedad, vinculado a ella a través de un matrimonio de cartón piedra. Depresivo, alcohólico, autodestructivo, desencantado, Lennox es un especie de alter ego de Marlowe, una versión de sí mismo con varios grados de alcohol más, una imagen aproximada de en lo que podría haberse convertido en circunstancias distintas, un animal domesticado al que no le queda nada más que extinguirse lentamente en su jaula de oro. Su presencia trastocará toda la existencia del detective, arrastrándolo al fondo de sus propios abismos en medio de una maraña de mentiras y decadencia alrededor del matrimonio formado por un novelista de éxito desengañado y al borde del suicidio y su esposa, un ser contradictorio y trágico que zarandeará al investigador como quizás ninguna otra mujer antes lo haya hecho.

Foto: PublicDomainPictures
Raymond Chandler (1888 - 1959) nació en Chicago aunque creció y fue educado en Inglaterra. Se hizo súbdito británico en 1907 y, tras participar en la I Guerra Mundial, volvió a Estados Unidos. No fue hasta pasados los cuarenta que decidió dedicarse por completo al oficio de escritor, publicando diversos relatos en revistas pulp, en los que iría perfilando el personaje de Marlowe, que ya no abandonaría, y el germen de sus novelas. La mirada del detective se refleja en la fantástica prosa de Chandler: irónica, crítica, burlona, perspicaz y muy observadora. Las historias transcurren entre descripciones precisas y un absoluto dominio de unos diálogos brillantes y certeros que nos transportan a un mundo en blanco y negro donde todos los hombres llevan sombrero, las mujeres son criaturas misteriosas y complejas y todas las conversaciones telefónicas comienzan con: "señorita, póngame con el..."

Foto: Laszlo Zakarias
 Cualquiera de las novelas de Marlowe es un monumento al género negro (exceptuando la postrera "Playback", una maquinaria donde las piezas no acaban de encajar, chirrían y que, en ocasiones, roza peligrosamente la autoparodia) aunque, si podemos elegir, lo más recomendable es degustarlas todas en el orden de publicación, no por tener un hilo conductor (aunque hay personajes como Bernie Ohls o Anne Riordan que repiten en alguna de ellas) sino por disfrutar un camino que acaba en la magnífica "El largo adiós" (ya he dicho que "Playback", si no eres un fan incondicional del género negro o de los que tienen que leérselo todo, no hace falta que te asomes).

En 2014, Benjamin Black, pseudónimo con el cual el escritor John Banville firma sus novelas negras, resucita a Philip Marlowe, por encargo de los herederos de Chandler, en "La rubia de ojos negros".