martes, 21 de marzo de 2017

Cinco

Foto: Maxim Lachmann
La otra noche soñé que tenía dos manos.

Puede parecer extraño que alguien sueñe con algo así pero desde que tengo uso de razón, yo siempre he vivido con una. Perdí la izquierda en un accidente que no recuerdo. Cuando me veo en fotos antiguas incluso me parece algo ajeno, como si contemplase a otra persona.

Pero esa noche... soñé que tenía dos manos. Fue tan... real.

No sé dónde estaba, ni qué estaba haciendo, simplemente miré y ahí estaban las dos. Las puse ante mí y las contemplé, tan parecidas, tan distintas, tan imposibles. Recuerdo que entrelacé los dedos, que se abrazaron como diez hermanos tras una vida en el exilio. Las estiré y las cerré, las dos a la vez; luego, primero una y después la otra, como si jugasen a imitarse. Me acaricié la cara, los párpados, los labios, la nariz; fue como volver a descubrirme.

Y reí.

Y lloré.

Y las lágrimas mojaron mis palmas abiertas y se deslizaron por los antebrazos.

Sabía que era un sueño y aún así fue tan maravilloso, tan tangible que cuando abrí los ojos y me llevé las manos a la cara, casi creí que iba a encontrar las dos allí.

Pero no fue así.

Sólo acudió la derecha.

Y mi muñeca incompleta.

Sé que es inútil llorar por lo que nunca se ha tenido, por lo que ni siquiera se recuerda haber perdido pero no pude reprimir una lágrima que limpié, esta vez, tan sólo con mi muñón.

Cuando me levanté y me sacudí los restos de ese sueño sentí que algo se quedaba entre las sábanas, algo que nunca volvería a mí.

Tener sólo una mano no me ha impedido disfrutar de dos hijos increíbles, ni llevar una vida normal, ni siquiera conseguir un trabajo aceptablemente satisfactorio.

Soy feliz cuando estoy con ellos, cuando la pequeña me coge el muñón y se lo aprieta contra la cara regordeta, como si sintiese la carne que me falta. Cuando el mayor me pregunta muy serio si me duele alguna vez, o cuando se apresura a ayudarme a hacer las tareas que siempre he hecho antes incluso de que él naciera.

Nunca había tenido la sensación de necesitar dos manos.

Pensaba que a estas alturas ya no me hacían falta.

Pero la otra noche soñé que tenía dos manos.

Y fue tan real que, por primera vez en mi vida, me siento incompleta. Insignificante. Rota.

Seguramente, dentro de unos días, lograré sacudirme este sabor amargo porque la vida siempre me ha empujado hacia delante, pero no puedo evitar desear, cada vez que me acuesto, volver a sentir las yemas sobre mis labios, sobre mis párpados húmedos, sobre mi rostro.

Y entrelazar los dedos.

lunes, 13 de marzo de 2017

Hacia atrás

Foto: elminium
La habitación es más pequeña de lo que recordaba: un mural de cama, altillos y un armario; un minúsculo escritorio bajo la ventana y una silla plegable.
 

Su madre trae las sábanas y un par de mantas. Él empieza a vestir una esquina del colchón a tirones hasta que la mujer le disuade con suavidad.
 

- Déjame, déjame -murmura. Y arma la cama como si llevase veinte años ensayando ese día.
 

- ¿Querrás cenar algo, no? -le pregunta mientras trajina las mantas.
 

- Bueno... -empieza él.
 

- Te preparo algo en un momento -le interrumpe ella-. Yo te aviso.
 

La puerta se cierra en silencio.
 

Él se deja caer sobre la cama, desparramando las manos sobre las rodillas.
 

Echa un vistazo a la mochila grande que se ha traído. No recuerda del todo qué ha metido en ella. Suspira y hunde la cabeza entre las manos.
 

Tras un segundo, entierra la mano en el bolsillo y saca el teléfono, busca en la pantalla y se lo lleva a la cara.
 

- Hola, soy yo... yo... oye, yo... Vale, oye, vale... Sólo quería... Sólo quería hablar con el niño... antes de que... ¿qué? ¿Cómo que está durmiendo? Oye... no... Oye... Si sólo son... sólo son las... las ocho y media. Nunca se acuesta tan pronto... Venga, va... Oye, sólo quiero... no, joder, Marta escucha no cuelgues joder no me hagas esto Marta yo...
 

Contempla la pantalla apagada.
 

- ¡Joder! -masculla.
 

Las lágrimas se le hacen costra entre los párpados.
 

Arroja el móvil sobre la cama y saca un paquete de tabaco. Sorbe ruidosamente. Saca un cigarrillo y se lo lleva a la boca. Cuando tiene el mechero a medio camino, su vista se encuentra con la pared que tiene delante: la silla plegable, dos posters descoloridos de bordes quebrados.
 

Con un suspiro, vuelve a meter mechero y cigarrillo en el paquete y los deja junto al teléfono.
 

Se frota los ojos con las palmas, aplastándolos contra las cuencas y expulsa con esfuerzo un suspiro pesado y rasposo.
 

La puerta se abre con discreción, apenas un palmo. Una voz se abre camino, poco más que un murmullo.
 

- Ya está la cena.
 

- Ahora voy -responde él con poca convicción.
 

La puerta se abre del todo, lentamente.
 

- Hijo...
 

Él levanta la vista y contempla el rostro preocupado.
 

- Hijo... ya verás como todo se arregla. Estas cosas pasan. Las parejas discuten. Es normal. Pero, luego...
 

- Ahora voy, ¿vale? -le interrumpe suavemente-. Dame... dame un segundo.
 

- Claro.
 

Comienza a retroceder tímidamente, como un muñeco de resorte que vuelve a las tinieblas de su caja.
 

- Mamá. -Ella se detiene-. Gracias.
 

La puerta se cierra sin ruido.
 

Él coge el móvil y duda.

Rebusca entre las fotos de la galería y se detiene en una hasta que la vista se le nubla.
 

Se endereza y lo suelta sobre la cama como si quemase. El aire se le escapa entre los dientes.

Lentamente, se obliga a levantarse y a abrir la puerta.
 

La cena está lista.

domingo, 5 de marzo de 2017

En un reino muy, muy cercano...

Foto: Loredana Bejerita

- Habrá que espabilar. No podemos pasar la noche en el bosque –dijo Hansel, dirigiéndose a la casa que llevaban un rato observando.

Gretel le siguió a regañadientes.


En el interior, siete hombrecillos discutían acaloradamente con un enorme lobo, una niña con una capa roja lloraba en un rincón y tres cerdos con gorro de paja le explicaban a una anciana en camisón algo de un desahucio.


Una mujer, alta, delgada y vestida de negro, se dirigió a los atónitos niños y espetó:
 

- Y ahora me vendréis con el cuento de que a vosotros también os han echado de casa, ¿no?

domingo, 26 de febrero de 2017

La asombrosa habilidad de Steven Seagal para retorcer miembros

Foto: Frank Lindecke
Tactactactactactactac
 
El cuchillo tabletea sobre la madera como un bailarín de claqué falto de ideas.

Hace cosa de un año, él se apuntó a un par de cursos de cocina y ahora prepara la cena casi cada noche.
A ti ya te viene bien, a esas horas estás en reserva y él lo disfruta. Se pasa la mitad del día pensando en la cena. Tú lo haces pensando en el resto.

Las niñas se hacen grandes y ya empiezan a no querer mucho del tiempo que antes les dedicabas. Ana está en el lavabo; últimamente, pasa media vida ahí metida. Tu madre dice que le recuerda a ti. Eli está poniendo la mesa, esta semana le toca a ella. Es un buen sistema, todo el mundo sabe lo que tiene que hacer y hay menos conflictos. Fue idea del cocinero. A veces, tiene estos puntos.

Tactactactactactactac
 
La cháchara se entremezcla con el repiqueteo del cuchillo. Hoy toca disertar sobre el cine de acción: él sostiene que el de los ochenta era mejor. Nada de efectos digitales, más orgánico, más visceral, más crudo, más lleno de sudor, testosterona y carisma. Tú no compartes su opinión: el de los ochenta es igual de malo y aburrido que el actual, pero no dices nada. Hoy no tienes ganas de hablar, te conformas con dejarte mecer por el aroma del sofrito y la palabrería de Fede mientras preparas la ensalada, única aportación que te permite el aspirante a Adrià.

¿Me pasas un cuchillo para los tomates?, le pides, y te alarga uno grande, de los que cortan, alegando que los demás están sucios. A medida que ha ido profundizando en su nueva faceta culinaria, la cocina se ha ido llenando de cacharros y cachivaches. No deja de sorprenderte que parece usarlos todos.

Coges el cuchillo y le pasas un paño y piensas cómo sería hundírselo entre los omoplatos. No es que quieras hacerlo realmente, bueno, en realidad ese punto no está del todo claro. Es una idea que últimamente te visita a menudo, como una vecina inoportuna a la que empiezas a acostumbrarte, a tenerle simpatía; incluso te sorprendes teniendo conversaciones agradables con ella y hasta puntos en común. Y lo sorprendente es que tú quieres a Fede sin ninguna duda: te gustan sus teorías intranscendentales mientras prepara cenas deliciosamente equilibradas, sus ideas acertadas y su inconsciencia masculina, pero no puedes dejar de preguntarte si se derrumbaría como un muñeco roto, o chillaría y se revolvería para defenderse; si moriría con una mirada de estupor y incredulidad en sus ojos aterrados; si saldría mucha sangre, si salpicaría como en las películas que con tanta pasión le gusta defender y lo cubriría todo. ¿Y qué dirían las niñas? Seguramente, nada bueno. Seguramente, no les gustaría porque aunque cada vez lo demuestran menos, las dos lo adoran y lo último que esperarían de ti sería que acabases con él con un cuchillo excesivamente grande para partir tomates.

Dejas el trapo y comienzas a partir los tomates con cuidado de no cortarte.

La vecina se ha ido.

Tan rápido como llegó.

Fede está hablando de las habilidades especiales de Steven Seagal para retorcer miembros sin separar los párpados más que un par de milímetros, algo que ningún actor de acción de hoy en día es capaz de emular con tanta convicción. Tú te aventuras a preguntarle si ése es el de la serie de policías vaqueros americanos que dan patadas voladoras de kung-fu.

Él se detiene por un segundo y te mira con esa expresión de ¿y tú de dónde sales ahora? Tú no la adviertes porque estas concentrada en convertir los tomates en dados pequeños con un cuchillo de carnicero.

Después él empieza a reír con una risa franca, libre de burlas ni malicia, una risa contagiosa que se extiende pronto por la cocina, como el aroma del sofrito, como el taconeo del Fred Astaire en prácticas.

sábado, 11 de febrero de 2017

Mensual


Foto: Wayne Stadler
Te gustaría que la Reina Carmesí no hubiese venido a visitarte, pero ahí está, con su sonrisa ensangrentada de dientes manchados y su falsa benevolencia, para denegar tus deseos y anunciarte, una vez más, que no estarás en la ruta de la Cigüeña.

martes, 7 de febrero de 2017

Por temor

Foto: Leticia Bertin
Marino siempre ha tenido miedo.

Por temor siguió con el negocio familiar y por temor se metió en un matrimonio baldío.


Cuando estalló la guerra trató de agachar la cabeza y pasar desapercibido pero las ideas fuertes no entienden de ambigüedades, así que pronto se encontró con un fusil en las manos.


Ahora el estruendo ha pasado y un pitido culpable ahoga sus oídos. Jadeando, se obliga a separar los párpados, clausurados mientras el capitán ladraba las órdenes y él obligaba a su dedo a empujar el gatillo.


Una fugaz visión, entre brumas grises, le revela un mosaico de cuerpos exangües: un rostro pequeño abierto hacia el cielo, un pie descalzo sucio de barro, un vestido blanco salpicado de ocre. El muro detrás, descarnado, roto.


Temblando, acepta sumiso el cigarro que le ofrecen y aguanta en silencio las carcajadas de los que ahora deben de ser sus compañeros.

miércoles, 1 de febrero de 2017

Reseña del libro "Acerca de mí y otras farsas" de Daniel Hermosel

Título: Acerca de mí y otras farsas
Autor: Daniel Hermosel Murcia
Año: 2010
Edición digital: Bubok (descárgala GRATIS AQUÍ) o Lektu (
descárgala GRATIS AQUÍ)
Portada: Daniel Hermosel Murcia

Con esta última entrega (aunque esperemos que no sea la definitiva), Daniel cierra su particular trilogía "relatil" regalándonos un total de cincuenta y dos historias extraídas de su blog "¿Y ahora qué, eh...?", de participaciones en el concurso quincenal de relatos de usuarios del foro de Bubok (que en aquella época era un hervidero de buena literatura y grandes autores noveles) y alguno inédito hasta la fecha. Esto, unido al hecho de que la media de longitud de los relatos es mayor, nos da un libro bastante más extenso que los anteriores, lo que se convierte en, efectivamente, más disfrute para nosotros.


Si en el anterior, Daniel opinaba sobre la mejora en el nivel medio de todas las historias que aparecían, en éste no se puede menos que afirmar que, de manera general, todos los relatos suben el listón en cuanto a calidad y esmero, todos llevan más allá cualquier aspecto que pudiese aparecer antes. Si en los dos anteriores, teníamos un escritorzuelo con brillos en esta tenemos todo un señor escritor asentado en un estilo propio y personal que se sale de los formatos breves (aunque sigue habiéndolos) y empieza a tejer cestos más grandes y sólidos, sin dejar, eso sí, el formato micro que tan bien maneja.


"Cuando le pedí que me escribiera 
la carta me dijo: Pablo, ya eres 
un niño mayor, ya puedes escribirla 
tú solo. Y yo le dije: Tita Sandra 
pero no sé qué ponerle a los Reyes. 
Y me dijo: pues escribe como 
si estuvieras hablando con ellos. 
Y eso estoy haciendo.."
Queridos Reyes Magos

Una de las cosas que me ha llamado la atención en este recopilatorio es la cantidad de cuentos protagonizados por niños que hay, estableciendo casi un subgénero en la literatura turámbica. Muchos de ellos describen situaciones o escenas muy crudas desde una perspectiva inocente (que, en muchos casos, sirve para que se pierda un estrato de esa maravillosa candidez) donde los pequeños narradores son testigos de hechos trágicos o escabrosos desde la más absoluta ignorancia. En estos relatos, la tristeza y la nostalgia juegan un papel importante pero casi siempre suelen arrancarnos, al menos, una sonrisa cómplice en los labios. Este formato tiene dos grandes peligros: es fácil caer en la sensiblería y es difícil crear una voz infantil sin dejes adultos. No hace falta decir que Daniel sortea estos dos grandes escollos sin problemas. Mención aparte merece la inquietante y carismática Isidora: la amarás o la odiarás. O las dos cosas. 

Otro subgénero del que ya tuvimos fantásticos ejemplos en los anteriores libros es el de las fábulas. Aquí también hay varias relatos que humanizan a los animales para regalarnos historias cargadas de simbolismos: desde la revisión de algún cuento popular, pasando por la reinterpretación de una fábula de Oscar Wilde o la tercera parte de la famosa saga turámbica protagonizada esta vez por rapaces. De nuevo, Daniel pone filtros a nuestra perspectiva para jugar con ella y disfrazar un punto de vista, casi siempre crítico con el modo de vida humano, entre pájaros serviles que hablan, gatos cabrones y lobos con piel de hombre. Lo que se llama una fábula bien hecha.

Foto: guatman
La fantasía es, como ya pudimos comprobar en los anteriores libros, uno de los elementos esenciales en la obra de Daniel, entremezclándose muy a menudo, y de manera sutil, con elementos reales y cotidianos, lo que permite abrir el campo de las posibilidades por los que las situaciones y los personajes campan a sus anchas. En este tercer volumen, el espectro de escenarios y tiempos explorados se amplia de manera impresionante. Tenemos historias enmarcadas en el esplendor de imperios desaparecidos hace milenios y en futuros especulativos, arcángeles de la imaginería bíblica, cuentos de hadas tradicionales, el género épico tolkieniano de mediados del siglo XX, la robótica de leyes propias, gestas de cartucho y consola, criaturas de la noche y superhéroes como nunca los has visto (te lo puedo asegurar).

 "Entré empapado a la cafetería 
que estaba repleta de más refugiados. 
Ella ya estaba allí, sentada en una 
pequeña mesa junto a la cristalera 
leyendo la misma novela que ahora mantiene 
cerrada junto a su mano izquierda. 
El mismo café cortado y la misma 
pastita de chocolate en un diminuto plato. 
Y frente a ella el único hueco 
disponible de la cafetería."
Café cortado

También hay cabida para las historias más reales: el amor al abrigo de una cafetería, la pérdida de contacto con la realidad que produce a veces la obsesión, el humor entre columnas y filas y fórmulas, la brutalidad extrema o el comienzo a nuevas vidas.
 

Para el final me quedo con uno de los mejores relatos que he leído nunca, no sólo de Daniel, sino de cualquier autor. "La importancia de hacer la cama" es un relato en mayúsculas: el tema, el planteamiento, el desarrollo, la historia detrás, todo está encajado a la perfección en un ejemplo de lo que debe ser la literatura universal, más allá de géneros, de modas y corrientes. La narración, sutil y progresiva, va desvelándonos una historia cargada de más sombres que luces, arrancando desde una monotonía mecánica cargada de cajas de fruta y días siameses.

Foto: so le

De momento, el "hasta-a-saber-cuándo" (que no "adiós") del autor ya está durando demasiado porque aunque algunos pudimos seguir disfrutando de su buen hacer durante los citados concursos o en su etapa en Literatura Bastarda (un fantástico proyecto del que tuve la suerte de formar parte durante un breve período de tiempo), la verdad es que ya es hora de que Daniel resucite su parte Turambar y nos vuelva a regalar algo de su talento, que la música está muy bien pero acompañada de buena lectura está mucho mejor. Yo, por si acaso, ya tengo mi pancarta preparada para la manifestación que se está montando.

miércoles, 25 de enero de 2017

Reseña del libro "Tormenta y otros fantasmas" de Daniel Hermosel



Título: Tormenta y otros fantasmas
Autor: Daniel Hermosel Murcia
Año: 2009
Edición digital: Bubok (descárgala GRATIS AQUÍ) y Lektu (descárgala GRATIS AQUÍ)
Portada: Miguel Ángel Calderón Crespo

En este recopilatorio publicado en 2009, Daniel reúne las historias que a lo largo del año anterior fueron apareciendo en su blog "¿Y ahora qué, eh...?" Como él mismo dice, los relatos son, en líneas generales, mejores a los del anterior libro. Aunque eso es algo muy subjetivo (y como quiera que es difícil olvidar una obra, fundamental a mi escaso entender, en su repertorio como "Curvas"), sí que es cierto que casi todas ellas llevan un paso más allá los diferentes aspectos de su perfil como escritor. Es decir, aquí vamos a encontrar todos los ingredientes presentes en "Curvas y otras fatalidades" (incluso alguno más) pero quizás mejor dosificados y conjuntados, y conformando unos platos más variados (si cabe), efectivos y complejos.

Igual que en el anterior libro, Daniel nos propone una banda sonora para algunos de los relatos. Muy recomendable hacerle caso.

Vamos a empezar por tres de los relatos más extensos ya que suele ser en estos formatos donde un escritor (uno bueno, por lo menos) brilla más.

Foto: Paul Wilkinson
"Tienes nombre de mercera". Con esta contundencia comienza "Seguiré pensando en tu nombre", un relato donde su protagonista (Araceli, para más señas) experimentará intensamente la marca imborrable que sobre su destino tiene su nombre. O no. Bajo el disfraz de una historia sencilla sobre la apacible vida de nuestra heroína, se esconde un relato en el que cualquier cosa puede suceder, y sucede. Con una prosa fluida y cargada de una realidad fantástica que busca cualquier excusa para desbordarse, Daniel nos lleva desde la sentencia inicial hasta un final sorprendente. Como otras veces, le falta metraje: acabas el relato y te quedas con ganas de más, síntoma siempre de que ha calado. Aún así, pienso que le falta un algo indefinible. Esta vez, la falta de extensión creo que juega más en su contra que a su favor porque da la sensación de que con más historia, ésta hubiese sido sin duda más redonda.

"De paso", más que un relato, es una sucesión de escenas sobre una pareja "desintonizada" en su relación, dos caminos divergentes que en algún punto quizás se encontraron o se encontrarán. La estructura de capítulos da una fragmentación a la historia muy adecuada e interesante, con unos lapsos temporales que hablan tanto como las partes narradas.

"Su voz le dice que lleva el vestido negro 
que él le regaló hace ya tanto tiempo, 
que el pelo le cae por la izquierda 
en ondas hasta el pecho, 
que lleva puesto un collar de perlas, 
que no lo echa de menos"
 April

Muy pocos autores pueden coger a toda una familia de personajes infantiles famosos, con todo su carisma y espíritu, y transportarlos a otro escenario y otra dimensión sin que sea un pastiche o, directamente, algo ridículo. "El hombre del pijama azul con un batín de terciopelo rojo" no sólo consigue esto sino que además, nos regala una historia tierna donde la fantasía y el optimismo juegan un papel fundamental en un entorno gris y desesperanzador, consiguiendo, además, arrancarnos varias sonrisas cómplices durante la lectura.

Otras muestras del progreso en el arte de relatar las tenemos en "Kiun Tse" (un verdadero cuento chino), "¡Bang!" (una historia de sicarios sobre el amor y sus debilidades), "April" (donde Daniel se atreve a llevarnos de la mano a un sórdido club lleno de soul y blues) o "Inercia" (un maravilloso relato donde la línea que separa realidad y fantasía es tan difusa y cambiante como el mar en la playa). Cuatro historias completamente diferentes, enmarcadas todas ellas de manera magistral en su propio ambiente, con el tono y el estilo más adecuado. Cuatro joyitas más para la factoría Turambar.

Pero hay más: la inquietud de "La troqueladora" o "Último tren"; la épica de las cosas pequeñas de "Nueva fase", "Amor de verano" o "Promesas rotas"; la ciencia ficción al más puro estilo "viejuno" de "Perseidas" (si has leído a Asimov o Bradbury, sobre todo en formato relato, seguramente sabrás qué quiero decir con "viejuno"); la maravillosa fábula arbórea de "Prunus Cerasus" o las historias más mundanas de "Una tarde de río" o "Sin adiós".

Me quedo para el final dos relatos que para mí sobresalen por dos aspectos diferentes.

Foto: Lefteris Katsouromallis
Por un lado "Cuarto menguante", un experimento en la estructura de la narración que me ha encantado. No sé si será muy original o no (yo, por lo menos, no la había visto aún) pero el uso de las onomatopeyas a lo largo del relato realzan y dan un brillo espléndido a una historia de depresión, ayudando a crear una espiral descendente hacia la negrura de un pozo sin fondo. Un recurso sencillo que hace de una idea que se ha explicado millones de veces algo sobresaliente.

Y por otro, "Amara". Una de las características más impresionantes de Daniel es su capacidad para recrear cualquier escenario modelando el lenguaje como si de un maestro orfebre se tratara. Pues bien, en este relato esto se lleva varios niveles más allá. Daniel nos transporta al desierto de las caravanas, al misterio exótico de los bazares orientales; casi podemos oler las especias y el sudor de los viajeros, sentir el viento seco y caliente en la cara. Bajo esta capa de arena, se esconde una historia onírica y fantástica, con la omnipresencia de Amara, una ciudad inexpugnable alrededor de la cual ha crecido una ciudadela extramuros cuyos habitantes viven ideando la manera de asaltarla o, simplemente, vencidos ya, se contentan con existir bajo su sombra. Un disfraz maravilloso para una historia de deseos inalcanzables. O, al menos, al resto de los mortales, eso les pareció.

"Murió mientras dormía. Sin más. Sin despedirse. 
Sin molestar. Nos llamaba sus niños, sus pequeñines, 
y a cada uno nos había puesto un apodo 
que todos usábamos en lugar de nuestros nombres. 
A él lo llamábamos Papá."
El hombre del pijama azul 
con un batín de terciopelo rojo

Resumiendo, un fantástico recopilatorio que, aun a pesar de no tener un tótem como "Curvas", sube la nota media de todos los relatos y nos deja con unas ganas tremendas para la traca final.

jueves, 19 de enero de 2017

Reseña del libro "Curvas y otras fatalidades" de Daniel Hermosel

Título: Curvas y otras fatalidades
Autor: Daniel Hermosel Murcia
Año: 2008
Edición digital: Bubok (descárgala GRATIS AQUÍ)
Portada: Daniel Hermosel Murcia


En los últimos diez o quince años, muchos hemos tenido la modesta certeza de que el mundo necesitaba de nuestras historias, y nos hemos dedicado a expandirlas como buenamente hemos sabido a través de blogs, libros autopublicados o redes sociales, con mayor o menor suerte, con mayor o menor acierto. Entre esa ingente maraña de bits y grandes o pequeñas expectativas, de vez en cuando, surge alguien con voz propia y un talento innato. Daniel Hermosel Murcia es sin duda alguna uno de esos grandes escritorzuelos que el mundo necesita más que el agua. En un escenario en el que mucha gente piensa que cantar es gritar muy alto y hacer muchos gorgoritos, Daniel, con una voz cálida y sencilla y guitarra en ristre, es de los que se marcan una "Wish you were here" de dejarte sentado.

Daniel (Daniel Turambar para muchos) es un escritor de amplio registro y gran dominio del lenguaje, capaz de acometer diversos géneros con soltura y desparpajo: desde fábulas diminutas a grandes gestas épicas, desde historias de amor y desamor trágicas hasta reflexiones íntimas o escenas cotidianas, siempre con una escritura preciosista, con amor por el detalle y la reflexión. Otro elemento fundamental en su obra es la fantasía, desde la más cotidiana a la más épica, de tal manera que al comenzar un nuevo relato cualquier cosa puede suceder e incluso los más "reales" están también abiertos a múltiples posibilidades, haciendo que los leas con mucha expectación y, en ocasiones, un punto de inquietud.


Hasta la fecha y si mis esbirros no me engañan, sólo tenemos tres publicaciones suyas a disposición del gran público, además, todas ellas gratuitas. Así que te doy el tiempo justo de leerte esta reseña para que corras a buscarlas.


"Curvas y otras fatalidades" es el recopilatorio de relatos que, como el propio autor nos indica, aparecieron en su blog "Y ahora qué, eh?" a lo largo de 2007. Está dividido en dos grandes bloques: por un lado "Curvas", un extenso relato por capítulos, y "Otras fatalidades", un maravilloso cajón de botones de diversos tamaños, formas y colores.


Foto: Julián Ortiz
"Curvas" es una preciosa historia de amor y desencuentro entre dos mujeres que unen sus vidas una noche en una curva de una solitaria carretera. Dos vidas marcadas que se encuentran en puntos muy diferentes de sus respectivos viajes y que se entrelazan para conformar esta conmovedora y agridulce historia sobre la supervivencia y la muerte, la amistad y el amor, los secretos y las mentiras. Dos personajes como dos caras de una misma moneda: vitalidad y fatalidad, derrota y perseverancia. Como todas las grandes historias te deja con ganas de saber más, tanto de lo que vendrá como de lo que ocurrió antes. Y como las grandes historias, resonará en tu cabeza durante mucho tiempo con música propia.

"Y otras fatalidades" es la segunda parte del libro. Un libro, por cierto, con banda sonora, igual que los dos recopilatorios posteriores. Daniel nos propone una serie de canciones para completar la lectura y te aconsejo encarecidamente que le hagas caso, por lo menos un par de las muchas veces que te releerás estos cuentos. Y, si puede ser, con auriculares.

"...la dulce voz de Graciela que me cuenta 
los cotilleos caducos de la revista, 
que se queja de mi triste música, 
que hace planes para el futuro, 
como si fuera allí donde la llevo. 
Y pienso que su voz es la luz 
que da vida a un universo vacío y oscuro. 
No habrá nada cuando ella no esté. 
El mundo se crea en cada una 
de sus carcajadas para luego desaparecer."
Curvas

Si en la primera parte, Daniel nos regalaba una historia extensa y trabajada con mimo, en esta, nos despliega un impresionante abanico de recursos narrativos y estéticos que no dejará insatisfecho a nadie. Desde el ambiente inquietante de "Cinéfago callejero" hasta recuerdos entrañables de la niñez en "Novembre (doesn't) rain", desde la épica fantástica de "La dama y el dragón" o "Prólogo de Dragón" (una soberbia muestra de lo que debe ser este género, libre de estereotipos infantiloides que, en mi opinión, no hacen más que ridiculizarlo en demasiadas ocasiones) a las fábulas domésticas de "Cosas de lagartijas" y "Cosas de mosquitos", desde el planteamiento de mundos alternativos o futuros en "Ordenador" y "Alien" hasta la sencillez de las cosas más cotidianas en "Orquesta" o "Esto que te cuento", desde la experimentación de "Pillados" o "La culpa" hasta la belleza simple de "En un pestañeo" o "Sin resentimientos".


También tienen cabida los relatos en los que las metáforas y las interpretaciones del lector son casi tan importantes como la historia en sí; relatos abiertos, en ocasiones ambiguos, donde debemos rellenar los huecos que el autor sabiamente ha dejado, pintar el trozo de lienzo que está en blanco.


Como ya se ha destacado antes, otro ingrediente importante en las historias del señor Turambar es la música. "Mar de cristal" es un ejemplo perfecto. Una historia de amor y fantasía en primera persona sobre un colchón de sintetizadores y efectos de sonido de Jean Michel Jarre. Aquí se entrelazan todos los elementos fundamentales de la idiosincrasia "danielesca": una historia cotidiana, con un punto de desesperanza apática (no en vano se cita a Huxley como compañero de viaje del protagonista) que se rompe con la entrada de un elemento fantástico, onírico e irreal en la monótona rutina que se nos narra. Una luz en la oscuridad, una perla en un mar de cristal. Una historia preciosa narrada con cariño y delicadeza. Y un final... que, claro, no te voy a desvelar, tendrás que descubrirlo tú mismo.

"Allí las olas se transforman en gigantes
que estrellan su cabeza contra las rocas
esparciendo sus sesos sobre el paseo"
Galerna

Este es un libro recomendado para los que disfrutan las historias bien escritas, las que te hacen pensar y sentir, las que se te quedan durante días y no te abandonan, las que quieres releer varias veces porque siempre encuentras matices nuevos, las que te arrancan una sonrisa, a veces tristes, a veces cómplice. Cuando apures la última frase, relájate, suspira y deja que las palabras te envuelvan. 

Y, luego, ve a por el siguiente libro.

miércoles, 11 de enero de 2017

Barb

Foto: Isabella Quintana

   Soy alta, delgada, esbelta. Tengo un cuerpo sinuoso de curvas perfectas. Unas largas y suaves piernas, una cintura armoniosa, un busto generoso aunque no excesivo, la espalda recta, el cuello erguido y grácil; y un rostro de bellas facciones coronado por una espesa cabellera, con unos ojos brillantes y expresivos, una nariz respingona y graciosa y una sonrisa de dientes blancos. Muchos dirían que soy perfecta. Casi una diosa. Aunque soy de plástico. Una puta muñeca de plástico.
   Mi existencia transcurre en un cuarto lleno de otros juguetes: muñecas, animales, coches, rompecabezas, casas, piezas sueltas, pegatinas, cordeles, vasos, platos, sartenes, cosas que parecen comida y un montón de cachivaches que, la verdad, no sé qué hacen ni para qué sirven. Creo que muchos de ellos tienen conciencia como yo. O lo que coño sea esta mierda que me hace comprender que estoy aquí. Lo veo en sus ojos, en cómo se estremecen cuando creen que nadie los mira, cómo se derrumban sus aristas o se descuelga su sonrisa. Nunca he hablado con ninguno de ellos, no sé si tienen esa capacidad. La verdad es que ni yo misma sé si la tengo porque mis labios parecen incapaces de componer algo más que esta estúpida sonrisa. A veces nos miramos y quiero creer que compartimos un algo indefinible que nos une de alguna manera. A veces pienso que es tan sólo mi soledad, que juega conmigo al escondite.
   Sea como sea, ahí están cada día para que ese trozo de carne sin ojos los manosee, los golpee, los desmiembre, los tire al aire y se ría cuando se estrellan contra el suelo, los use para descargar su ira, los pisotee, los chupe y los mastique, los ensucie, los deseche. Algunos simplemente un día desaparecen. Otros pierden ese brillo que antes los animaba. No creo que ese monstruo sea consciente de que la mitad del tiempo está jugando con carcasas vacías. Aunque para él creo que no somos otra cosa más que eso: carcasas vacías, plástico hueco. Seguramente, es incapaz de vernos de otra manera. Eso podría disculparlo un poco aunque no hace que mengüe la rabia.
   Se podría decir que yo soy una privilegiada. Vivo en una casa de plástico para mí sola, tengo un coche de plástico y un montón de vestidos y cacharros. Incluso una piscina sin agua. El monstruo me trata con cierta delicadeza aunque desnuda y manosea mi cuerpo sin pudor. O retuerce mis miembros para que adopte posturas que no entiendo o para imitar un movimiento que soy incapaz de realizar. A veces, me aprieta contra su cuerpo fofo o me sostiene ante su rostro inmenso y me grita con esa voz estentórea. Otras, me saca del cuarto y me lleva a otros habitaciones o al aire libre, ese vacío estrepitoso que me aterroriza y me hace temer que nunca voy a volver a mi casa de plástico con mi piscina sin agua.
   Creo que, a su manera retorcida y depravada, soy especial para él. Una especie de trofeo a exhibir o algo por el estilo. De todas maneras, sé que no será así siempre. Entre la maraña de cosas tiradas, alguna vez he visto otras como yo: esbeltas y opacas. Con los cuerpos retorcidos o incompletos; desnudas y expuestas. Las contemplo desde mi trono de plástico, desde la prisión de mi cuerpo, desde esta carcasa que cada día está más vacía y sé que ese es mi destino.
   Y rezo para que llegue pronto.