miércoles, 11 de enero de 2017

Barb

Foto: Isabella Quintana

   Soy alta, delgada, esbelta. Tengo un cuerpo sinuoso de curvas perfectas. Unas largas y suaves piernas, una cintura armoniosa, un busto generoso aunque no excesivo, la espalda recta, el cuello erguido y grácil; y un rostro de bellas facciones coronado por una espesa cabellera, con unos ojos brillantes y expresivos, una nariz respingona y graciosa y una sonrisa de dientes blancos. Muchos dirían que soy perfecta. Casi una diosa. Aunque soy de plástico. Una puta muñeca de plástico.
   Mi existencia transcurre en un cuarto lleno de otros juguetes: muñecas, animales, coches, rompecabezas, casas, piezas sueltas, pegatinas, cordeles, vasos, platos, sartenes, cosas que parecen comida y un montón de cachivaches que, la verdad, no sé qué hacen ni para qué sirven. Creo que muchos de ellos tienen conciencia como yo. O lo que coño sea esta mierda que me hace comprender que estoy aquí. Lo veo en sus ojos, en cómo se estremecen cuando creen que nadie los mira, cómo se derrumban sus aristas o se descuelga su sonrisa. Nunca he hablado con ninguno de ellos, no sé si tienen esa capacidad. La verdad es que ni yo misma sé si la tengo porque mis labios parecen incapaces de componer algo más que esta estúpida sonrisa. A veces nos miramos y quiero creer que compartimos un algo indefinible que nos une de alguna manera. A veces pienso que es tan sólo mi soledad, que juega conmigo al escondite.
   Sea como sea, ahí están cada día para que ese trozo de carne sin ojos los manosee, los golpee, los desmiembre, los tire al aire y se ría cuando se estrellan contra el suelo, los use para descargar su ira, los pisotee, los chupe y los mastique, los ensucie, los deseche. Algunos simplemente un día desaparecen. Otros pierden ese brillo que antes los animaba. No creo que ese monstruo sea consciente de que la mitad del tiempo está jugando con carcasas vacías. Aunque para él creo que no somos otra cosa más que eso: carcasas vacías, plástico hueco. Seguramente, es incapaz de vernos de otra manera. Eso podría disculparlo un poco aunque no hace que mengüe la rabia.
   Se podría decir que yo soy una privilegiada. Vivo en una casa de plástico para mí sola, tengo un coche de plástico y un montón de vestidos y cacharros. Incluso una piscina sin agua. El monstruo me trata con cierta delicadeza aunque desnuda y manosea mi cuerpo sin pudor. O retuerce mis miembros para que adopte posturas que no entiendo o para imitar un movimiento que soy incapaz de realizar. A veces, me aprieta contra su cuerpo fofo o me sostiene ante su rostro inmenso y me grita con esa voz estentórea. Otras, me saca del cuarto y me lleva a otros habitaciones o al aire libre, ese vacío estrepitoso que me aterroriza y me hace temer que nunca voy a volver a mi casa de plástico con mi piscina sin agua.
   Creo que, a su manera retorcida y depravada, soy especial para él. Una especie de trofeo a exhibir o algo por el estilo. De todas maneras, sé que no será así siempre. Entre la maraña de cosas tiradas, alguna vez he visto otras como yo: esbeltas y opacas. Con los cuerpos retorcidos o incompletos; desnudas y expuestas. Las contemplo desde mi trono de plástico, desde la prisión de mi cuerpo, desde esta carcasa que cada día está más vacía y sé que ese es mi destino.
   Y rezo para que llegue pronto.

10 comentarios:

  1. Un relato intenso y un poco desasosegante, lo he leído del tirón. Seguimos con nuestra aventura de escribir. Saludos, Oscar

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    1. Aquí seguimos, Rosa. Me alegro de que te haya gustado. Un abrazo muy fuerte y muchas gracias por la visita.

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  2. Me ha encantado el relato Òscar. Cómo describes el mundo de esa muñeca con alma me ha parecido brillante. Una vida vacía y un drama desolador. ¡Un abrazo!

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    1. Muchas gracias por el comentario, Ziortza. Me alegro de que te haya gustado.
      Un abrazo.

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  3. Yo, como siempre, buscando donde "no hay" (que sí que hay, sí, y mucho). Me pregunto cuántas mujeres pueden verse reflejadas en este relato; y no hablo sólo de nuestro moderno país (que seguro que hay unas cuantas) sino de nuestro planeta.

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    1. Je, je, je. Siempre igual. Es cierto, el relato tiene mensajito, varios de hecho. O por lo menos, yo tenía en mente un par de situaciones mientras lo escribía. Otra cosa es que se capten. O que, como siempre, tú descubras nuevas.
      Un abrazo.

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  4. Muy bueno. El mito de la rubia tonta debe estar reservado para las humanas... ;) Un saludo y enhorabuena

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    1. La verdad, el contraste entre la imagen de banalidad y vacuidad de una Barbie y el tono sombrío de sus reflexiones es algo buscado en este relato.
      Y el mito de las rubias tontas es sólo eso, un mito.
      Muchas gracias por el comentario y bienvenida a esta pequeño rincón, Eva.

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  5. Brillante, Óscar. Un relato que constituye toda una metáfora sobre el papel del individuo respecto al poder; de la cosificación del ser humano en la sociedad actual. Al menos, eso es lo que me ha sugerido esta historia que habla de juguetes, pero que en el fondo pretende mucho más. ¡Enhorabuena!

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    1. Muchas gracias, David. Entre todos, me váis a poner colorado, al final.
      La verdad es que no había pensado yo ese sentido de la historia. Sí que pretendía que fuese algo abierto e interpretable, que diese pie a que cada uno viese lo que le sugiriese.
      Un abrazo.

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