domingo, 26 de febrero de 2017

La asombrosa habilidad de Steven Seagal para retorcer miembros

Foto: Frank Lindecke
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El cuchillo tabletea sobre la madera como un bailarín de claqué falto de ideas.

Hace cosa de un año, él se apuntó a un par de cursos de cocina y ahora prepara la cena casi cada noche.
A ti ya te viene bien, a esas horas estás en reserva y él lo disfruta. Se pasa la mitad del día pensando en la cena. Tú lo haces pensando en el resto.

Las niñas se hacen grandes y ya empiezan a no querer mucho del tiempo que antes les dedicabas. Ana está en el lavabo; últimamente, pasa media vida ahí metida. Tu madre dice que le recuerda a ti. Eli está poniendo la mesa, esta semana le toca a ella. Es un buen sistema, todo el mundo sabe lo que tiene que hacer y hay menos conflictos. Fue idea del cocinero. A veces, tiene estos puntos.

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La cháchara se entremezcla con el repiqueteo del cuchillo. Hoy toca disertar sobre el cine de acción: él sostiene que el de los ochenta era mejor. Nada de efectos digitales, más orgánico, más visceral, más crudo, más lleno de sudor, testosterona y carisma. Tú no compartes su opinión: el de los ochenta es igual de malo y aburrido que el actual, pero no dices nada. Hoy no tienes ganas de hablar, te conformas con dejarte mecer por el aroma del sofrito y la palabrería de Fede mientras preparas la ensalada, única aportación que te permite el aspirante a Adrià.

¿Me pasas un cuchillo para los tomates?, le pides, y te alarga uno grande, de los que cortan, alegando que los demás están sucios. A medida que ha ido profundizando en su nueva faceta culinaria, la cocina se ha ido llenando de cacharros y cachivaches. No deja de sorprenderte que parece usarlos todos.

Coges el cuchillo y le pasas un paño y piensas cómo sería hundírselo entre los omoplatos. No es que quieras hacerlo realmente, bueno, en realidad ese punto no está del todo claro. Es una idea que últimamente te visita a menudo, como una vecina inoportuna a la que empiezas a acostumbrarte, a tenerle simpatía; incluso te sorprendes teniendo conversaciones agradables con ella y hasta puntos en común. Y lo sorprendente es que tú quieres a Fede sin ninguna duda: te gustan sus teorías intranscendentales mientras prepara cenas deliciosamente equilibradas, sus ideas acertadas y su inconsciencia masculina, pero no puedes dejar de preguntarte si se derrumbaría como un muñeco roto, o chillaría y se revolvería para defenderse; si moriría con una mirada de estupor y incredulidad en sus ojos aterrados; si saldría mucha sangre, si salpicaría como en las películas que con tanta pasión le gusta defender y lo cubriría todo. ¿Y qué dirían las niñas? Seguramente, nada bueno. Seguramente, no les gustaría porque aunque cada vez lo demuestran menos, las dos lo adoran y lo último que esperarían de ti sería que acabases con él con un cuchillo excesivamente grande para partir tomates.

Dejas el trapo y comienzas a partir los tomates con cuidado de no cortarte.

La vecina se ha ido.

Tan rápido como llegó.

Fede está hablando de las habilidades especiales de Steven Seagal para retorcer miembros sin separar los párpados más que un par de milímetros, algo que ningún actor de acción de hoy en día es capaz de emular con tanta convicción. Tú te aventuras a preguntarle si ése es el de la serie de policías vaqueros americanos que dan patadas voladoras de kung-fu.

Él se detiene por un segundo y te mira con esa expresión de ¿y tú de dónde sales ahora? Tú no la adviertes porque estas concentrada en convertir los tomates en dados pequeños con un cuchillo de carnicero.

Después él empieza a reír con una risa franca, libre de burlas ni malicia, una risa contagiosa que se extiende pronto por la cocina, como el aroma del sofrito, como el taconeo del Fred Astaire en prácticas.

8 comentarios:

  1. Excelente relato Óscar. Con una simple escena logras hacer ver al lector toda esa aversión y casi odio diría yo, que llega a sentir la protagonista por su marido, y que le hace pensar en cosas muy truculentas. Es curioso, pero he llegado a comprenderla en ciertas cosas. Es que Steven Seagal...
    Enhorabuena, un abrazo.

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    1. Ja, ja. A Steven Seagal (lo siento por sus fans) dudo yo que se le pueda meter en la categoría de actor, pero, mira, ahí está. Muchas gracias por el comentario.
      Un abrazo.

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  2. Un relato muy a lo Carver. Una escena familiar en la que se muestra una crisis existencial. La pareja llega a un punto de hartazgo, los niños se han hecho mayores, la vida comienza a ser un camino rutinario y no sabemos cómo conseguir nuevas sensaciones o motivaciones. En este relato, parece que el hombre lo ha conseguido a través de la cocina, o tal vez no se sienta cansado de hacer siempre lo mismo. Sea una cosa o la otra, la mujer no puede soportar verlo tan satisfecho de sí mismo, satanizarlo es una manera de canalizar contra él la rabia que la corroe por dentro.
    ¡Fantástico, Óscar!

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    1. Es curioso, David, más de uno me habéis señalado lo de la rabia y el odio de la mujer hacia su marido y no es precisamente ese sentimiento el que quería yo plasmar. También es verdad que si tú fantaseas con apuñalar a tu pareja es que quizás algo haya pero... ¡Ay, el subconsciente, qué retorcido es!
      Sea como sea, muchas gracias por el comentario y por la visita.
      Tomaré nota sobre Carver que no he leído nada de él.

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  3. Me encanta. Tiene ese punto perverso e inquietante que tan bien sabes reflejar en tus relatos. Y lo mejor,consigues que "comprendamos" el deseo irracional de la mujer de clavarle el cuchillo a su marido, sólo por ver cómo sería (es genial).
    Ah, lo de los ojos de Steven Seagal yo creo que es que en realidad no los puede abrir más :)

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    1. Es cierto, "sólo por ver cómo sería", no hay más motivaciones. La vida en matrimonio a veces se vuelve monótona y rutinaria. Algunos se refugian en la cocina y otros... bueno, otros odian a Steven Seagal (es cierto, no tiene ojos!)

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  4. Hola, Óscar,

    He leído tu relato, y he experimentado una escena cotidiana y muy normal, pero desde un punto de vista distinto, desde el interior de sus mentes. Me ha gustado como el marido encontró una nueva pasión que lo hacía disfrutar, algo realmente sencillo, pero muy funcional y gratificante.

    En cambio ella me resulta como apagada, no vi algo que la motivara especialmente, excepto fantasear y divertirse haciéndolo, como cuando imagina a su marido con el cuchillo clavado en la espalda para divertirse, sin más, como algo curioso, buscando seguramente un reto para su mente a falta de otra cosa, simplemente como una diversión inocente y simpática, aunque algo retorcida.

    Y es que la vida, sin una pasión que motive, puede llegar a ser algo anodina y rutinaria; pero siempre tendremos nuestra imaginación y nuestras fantasías íntimas para hacerla más divertida y enriquecedora.

    En definitiva, una historia bonita y muy real, cada uno con sus pensamientos, comunes y sencillos. Es muy fácil identificarse con alguno de los dos personajes. Enhorabuena, me ha gustado mucho, sin duda.

    Un saludo cordial y buena lectura.

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    1. Muchas gracias por el comentario, J. J. Realmente has captado muy bien lo que quería explicar: una escena cotidiana sin más, bastante retorcida, eso sí, pero sin más pretensiones. Tienes razón en lo de la mujer: no parece tener otro objetivo aparte de fantasear. No lo había visto así, muchas gracias.
      Un saludo.

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